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Jean Cusset, ateo con excepción de la vez que escuchó el Stabat Mater, de Rossini, dio un sorbo a su martini -con dos aceitunas, como siempre-, y prosiguió: -Hay quienes coleccionan riquezas, que es la mejor forma de empobrecerse. Algunos coleccionan mariposas. Otros, que se parecen a éstos, coleccionan amores. Yo, que quiero ser rico, colecciono amigos. -A veces he pensado -siguió diciendo Jean Cusset-, que no hay amigos: sólo hay ratos de amistad. Pero en horas difíciles, cuando a la vida llegan los heraldos negros que decía Vallejo, he sentido el tibio calor de la amistad, y la compañía de mis amigos ha sido bálsamo y consuelo. -No debo ser tan malo -concluyó Cusset-, si tengo amigos buenos. Amigos de ésos que son, dice la copla aragonesa, como la sangre, que acude siempre a la herida sin esperar que la llamen. Así dijo Jean Cusset. Y dio el último sorbo a su martini. Con dos aceitunas, como siempre,

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