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Columnas MIRADOR

Mirador

Todos estos días ha llovido en Ábrego. Por la mañana hay sol tibio y cielo claro. A media tarde aparecen las nubes sobre el picacho de Las Ánimas, y luego cae la lluvia, suave y morosa como mano que acariciara lentamente a una mujer. Esta mujer se llama tierra. A todos algún día nos acariciará. Baja por el arroyo el agua, y su música es más celeste que música celestial. Canta acerca del trigo y del maíz; anuncia la certeza del pan y la tortilla. Aquí no hubo granizo como en otros valles. Los manzanos, los perales y ciruelos muestran ya la promesa de sus frutos y beben el agua que se hará dulzor. En las cocinas humean el café serrano y el té de menta o yerbanís. Los hombres hablan del sombrero que se comprarán, y las mujeres de los zapatos que comprarán a sus hijos. Con la lluvia cae la tarde. Entonces el agua hace pespuntes en los techos. Acaba el día, y con la noche viene el sueño. ¿Estoy soñando yo? ¡Hasta mañana!...

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