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Columnas MIRADOR

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En el Potrero se recuerda con afecto a doña Tasia. Anastasia se llamaba. Tenía dos años de casada cuando su esposo se fue de bracero "al otro lado". En un principio el hombre le escribía y le mandaba dólares. Poco tiempo después dejó de saber de él. Pasaron algunos años. Varios pretendientes se le acercaron a Anastasia. Era guapa, y su huerta contaba entre las mejores de la sierra. A todos los despachó con viento fresco, más fresco aún que el de la sierra en el invierno. Cuando le decían que de seguro su esposo ya había muerto respondía: "¿Cómo sabes?". Pasaron muchos años. Doña Tasia era ya anciana. Un día apareció en el rancho un hombre con traza de indigente. Le faltaba un brazo y caminaba penosamente con ayuda de un bastón. Llamó a la puerta de Anastasia. Abrió ella, vio al hombre y le preguntó: "¿Cómo te fue?". Días después él trató de explicarle su ausencia. Doña Tasia no lo quiso oír: "Si me dices la verdad será muy triste, y si me dices una mentira será más triste aún". A poco murió el hombre. Doña Tasia no lo lloró. Dijo: "Ya estaba muerto". ¡Hasta mañana!...

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