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Columnas MIRADOR

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En el viejo álbum de fotografías que está en la casa del Potrero hay tres retratos de la tía Mara. Si te fijas bien verás que en los tres aparece con el mismo abanico. La primera fotografía es la de bodas. En ella está la tía sentada en un sillón de Viena. Su esposo, de pie a su lado, tiene la mano puesta sobre el hombro de la novia en actitud de propietario. El abanico de la tía Mara se ve abierto. El segundo retrato es de familia. Están la tía Mara y su marido con los dos pequeños hijos del matrimonio. El hombre tiene la mirada adusta; su mujer un gesto triste. El abanico está cerrado. En la tercera fotografía está solamente ella, joven viuda, y hermosa. Su rostro muestra una sonrisa que apenas si se atreve a ser sonrisa. Su abanico está otra vez abierto. Me pregunto si hay una historia en esos tres retratos. Brevemente narrada sería la historia de la ilusión que nace, después muere y luego vuelve a renacer. Sé que el primer esposo de la tía Mara la hizo sufrir mucho. Un año después de enviudar volvió a casarse con un novio de su juventud, y fue feliz. Mi abuela me contó esa historia. También me la contó el abanico. ¡Hasta mañana!...

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