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Columnas MAR DE FONDO

Mar de fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

Consulta: Arma de doble filo Para hacer una consulta nacional, como la que va a realizar el presidente electo Andrés Manuel López Obrador para decidir sobre el aeropuerto de la Ciudad de México, se requieren varias cosas si de verdad se busca que este instrumento sea útil. Entre las más importantes se necesita que la población tenga información clara y precisa sobre el tema que se va a preguntar y, en segundo lugar, que los organizadores o promotores mantengan una actitud imparcial. Son dos cosas que la consulta que se va a realizar del 25 al 29 de este mes en más de 500 municipios no cumple, además de que tiene muchas otras deficiencias como, por ejemplo, no se sabe quiénes participan en las mesas que recogerán los votos, cuáles son los criterios para seleccionar los lugares, o si tiene o no un carácter vinculante, etcétera. La información de la que se dispone también es deficiente o insuficiente, además de tener una enorme complejidad técnica y en la que abundan los diagnósticos contradictorios y en algunos casos incompletos sobre las opciones ofrecidas. Y, por otra parte, es bastante claro hasta ahora cómo el propio López Obrador y otros funcionarios cercanos a él han expresado abiertamente su rechazo al aeropuerto que se construye en Texcoco, proponiendo en su lugar el aeropuerto de Santa Lucía y otras alternativas complementarias. En este sentido, y para decirlo rápido, la consulta que se propone tiene todas las características de un mecanismo para dirimir una sola cosa: el rechazo a que se construya un aeropuerto en Texcoco, lo demás es lo de menos. Es decir, es más bien una consulta de carácter político en la que, por supuesto, no se requiere analizar con cuidado las alternativas o tener mayor información científica para tomar una decisión, sino simplemente avalar o apoyar la propuesta de los organizadores. Es bastante evidente de que el resultado de la consulta está o estará estrechamente ligado a la pasada elección del 1 de julio, pues fue durante la campaña electoral en donde el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México se convirtió en objeto de controversia, y en donde también AMLO fustigó abiertamente esa alternativa, a pesar de que ha tenido contradicciones. La consulta intenta ser un paso más para cerrar este capítulo, con la “firma del pueblo”. La jugada es arriesgada, o un arma de doble filo, porque de ser un instrumento fundamental de la democracia directa y un mecanismo que incentiva el debate y la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos, la consulta sobre el aeropuerto, así como está planteada, puede terminar en una simulación, cuyos resultados (por ser tan predecibles) se reviertan contra el nuevo gobierno, restándole confianza a otros ejercicios parecidos que piensen organizarse a lo largo del sexenio. Si la consulta deja la sensación entre algunos sectores de la población de que su único objetivo es avalar una decisión ya tomada por AMLO (como parece ahora), aumentará la oposición a su gobierno, subirá el tono de la controversia en los temas más importantes y alertará a otros intereses poderosos a los que les asusta la incertidumbre política del país. ¿Le tiene sin cuidado esto a López Obrador? Es temprano para afirmarlo todavía, pero este rasgo que tiene AMLO de consultar permanentemente a la gente sobre diversos temas, en un contraste radical con los gobiernos neoliberales o tecnócratas que ha tenido México, es algo que revitaliza la participación política y cívica de los ciudadanos, pero al mismo tiempo puede dar lugar a un “estilo de gobierno” que en aras de este objetivo sacrifica gradualmente la eficacia del mismo. Hasta ahora AMLO ha mostrado que va a ser un presidente que saldrá constantemente a las plazas públicas y desde ahí va a anunciar varias o muchas de sus políticas, manteniendo viva la movilización social y el contacto estrecho con el pueblo. Si hay una diferencia que López Obrador quiere mostrar con respecto a los otros gobiernos y mandatarios, radica en su relación con la gente. Él sabe que ahí está su fuerza política y que sin ella no podría gobernar. Lo cual está muy bien, pero mantener al pueblo movilizado no es garantía ni sinónimo de hacer un mejor gobierno, más democrático o más incluyente, como lo piensan algunas concepciones elementales. Gobernar con el pueblo y para el pueblo también implica realizar políticas públicas que se traduzcan en mejores beneficios y condiciones de vida para la mayoría de la población. Esto supone estudiar y analizar a fondo los problemas del país, encontrar soluciones y aplicarlas en una perspectiva de justicia social, y hacerlo sin demora, de manera urgente en casi todo el territorio nacional. Todo esto al tiempo que se construye una nueva relación de poder y una nueva relación entre el gobierno y la sociedad. ¿AMLO camina hacia allá? No está muy claro. El autor es analista político.

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