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Columnas MAR DE FONDO

Mar de fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

Los activistas y el poder político ¿Son los activistas políticos personas o colectivos que buscan entre sus principales demandas la toma del poder político? ¿O simplemente son una expresión de rechazo a las formas tradicionales de la política, de los partidos y las instituciones, además de la reivindicación de algunas demandas particulares? Me refiero aquí a los “activistas políticos o sociales” y no a muchas otras organizaciones que tienen como objetivo la defensa de los derechos humanos, la protección y el cuidado del medio ambiente, los derechos de los migrantes, etcétera, y no necesariamente se proponen incidir o participar de las acciones políticas. Las preguntas vienen a cuento porque después de un gran movimiento social como el que se ha registrado en Baja California desde el 2017 a la fecha, principalmente en contra de la privatización del agua y otras demandas, el papel de los activistas, en sus distintas vertientes y expresiones ideológicas, fue determinante en las movilizaciones y en la organización de lo que se ha llamado “la resistencia” contra el gobierno panista de “Kiko” Vega. Sin embargo, llegado el momento electoral (tanto el 2018 como el 2019), los activistas o los líderes sociales y políticos que participaron en la resistencia o ayudaron de alguna manera a mantener viva la lucha social, se marginan o son marginados por los partidos políticos, creándose una escisión entre el movimiento o la lucha social de la gente y la etapa electoral. Para decirlo en estos términos, unos son los que luchan y otros son los que llegan al poder político o a los puestos principales de los gobiernos. En este caso, por ejemplo, todos los partidos políticos o casi todos, incluido Morena, se mantuvieron al margen de la lucha en contra de la privatización del agua, no se diga el PAN o el PRI que desde el poder Legislativo actuaron en complicidad o en concordancia con las políticas impuestas por el gobernador. Los partidos como tales en BC no actuaron a favor de la gente, salvo algunos de sus militantes que lo hicieron de manera personal. No obstante esto ahora son ellos, los partidos políticos, los que vienen a postular candidatos a los cargos principales de gobierno, enarbolando un discurso en el que aparecen de manera retórica los intereses y las demandas de los grupos sociales afectados. ¿A qué se debe este fenómeno que se da en las democracias representativas? ¿Por qué se produce esta escisión? Hay varias razones, pero aquí destaco dos fundamentales por lo breve del espacio. La primera es porque los activistas políticos o sociales, en su gran mayoría, no confían en los partidos políticos y menos en las instituciones de gobierno. Ellos sí se proponen alterar o cambiar los términos del poder, pero no a través de las vías institucionales en las que se inscriben, justamente, los partidos políticos. Como dice Arnoletto, los activistas “promueven actos colectivos que implican cuestionamientos al gobierno, al régimen o al sistema, que incluso puede llegar a crear condiciones de cambio disruptivo o al menos de cambios adaptativos profundos”. Sin embargo, en otros casos, el activismo se vuelve estéril, se desgasta rápido o convierte la resistencia en un fin en sí mismo. La segunda razón más importante de esta separación es que la política en México y con ella la vía electoral, está monopolizada por los partidos y la clase política, y son los partidos los únicos que están reconocidos legalmente para acceder al poder político. Los que ocupan los cargos o son postulados como candidatos de los partidos surgen de sus propias filas o de lo que se ha dado en llamar los políticos profesionales. Todo está muy bien (hasta cierto punto), pero ¿qué pasa cuando tanto los partidos políticos como la clase política está desprestigiada y los ciudadanos han dejado de creer en ellos, como lo refleja con meridiana claridad la reciente elección? ¿Qué pasa cuando los partidos, como es evidente en el caso de BC, no representan a la sociedad movilizada y sólo participan en el periodo electoral? El fenómeno nos habla de un abismo entre los partidos y la sociedad en general, o de un defecto de la democracia representativa que circunscribe la política a los partidos exclusivamente y deja de lado otras expresiones que surgen desde la sociedad, como la de los activistas y otros grupos que sí se proponen acceder al gobierno como un paso necesario para resolver sus demandas. Otro problema colateral de enormes raíces que ayuda a mantener esta escisión política, es que en el seno de la sociedad se ve como “natural” que sean los políticos profesionales los que sean postulados por los partidos para gobernar, y no los líderes o los hombres y las mujeres que están luchando todos los días en diferentes frentes, en espacios pequeños si se quiere, pero vitales para mantener los procesos de resistencia. Morena en el estado está dando muestras de que va a seguir el mismo camino que han seguido todos los partidos al postular a sus candidatos, repitiendo este mismo círculo vicioso del que se habla aquí: elegir candidatos que no representan al grueso de la población o que no se identifican con ella, sino que son producto de componendas o de acuerdos en la cúpula del partido desde donde se mueven los hilos para imponerlos. Los votos del 1 de julio, tanto locales como nacionales, nos indican que esto es justamente lo que se rompió ese día en las urnas. Los partidos tendrán que reconstruirse o desaparecer en algunos casos, y en el caso de Morena aprender a hacer política de manera diferente, manteniendo un lazo estrecho entre el partido, sus candidatos y la gente. Si no es así, su reinado será efímero y aparecerá de nuevo el hartazgo. El tiempo está corriendo. El autor es analista político.

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