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Columnas MAR DE FONDO

Mar de fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

¿Qué cambió con el debate? Como decía en mi artículo pasado, el debate entre candidatos presidenciales no va a definir la elección, pero sí puede lograr un nuevo realineamiento de las fuerzas políticas y a ayudar a perfilar cuál de los candidatos que hoy están en el segundo y tercer lugar se va a enfrentar a Andrés Manuel López Obrador. Pues eso es justamente lo que ha sucedido. Con el debate y con el post-debate se ha confirmado que sólo habrá dos candidatos que se disputarán la presidencia, por un lado, obviamente, López Obrador y, por otro, Ricardo Anaya, aunque con ciertos matices que se han estado pasando por alto en la discusión posterior. José Antonio Meade por su parte y los independientes quedaron fuera o quedarán en unas cuantas semanas más. Con el debate, la campaña entró en otro momento que se caracterizará por una mayor intensidad y por el fuego cruzado de las acusaciones entre estos dos polos, pero además por nuevos realineamientos que se producirán como resultado del debilitamiento de algunas fuerzas, entre ellas las del PRI. Creo que esta nueva definición en la lucha por la presidencia no se debe al papel de Anaya en el debate, como se señala de manera insistente por varias voces, sino, al contrario, se debe a la estrategia equívoca de AMLO. Si bien era muy pertinente asistir al debate cuidando cometer graves errores, enfrascándose en una discusión estéril con sus rivales, tampoco era adecuado permanecer inmóvil y resistiendo los golpes como lo hizo López Obrador. Esa actitud de silencio, más la falta de claridad para explicar y justificar algunas propuestas como la “Amnistía”, por ejemplo, o los mecanismos para combatir la corrupción, fue lo que abrió el espacio para que un candidato escurridizo como es Anaya se metiera al debate y lograra proyectarse como un candidato preparado y elocuente, aunque no lo sea necesariamente, como se está demostrando con la información que ha surgido después. Si AMLO y sus asesores han partido de la premisa de que su enorme ventaja en las preferencias electorales lo hace un candidato invulnerable, o de que por lo mismo no es necesario enfrentar a sus rivales, viéndolos como una amenaza insignificante que no tienen ninguna posibilidad de rebasarlo, pues está o están cometiendo un grave error, un error que por cierto ya se ha cometido antes. La actitud que guardó AMLO en el debate, como un candidato opacado que se refugia constantemente en su autoridad moral, ayudó a reactivar varias fuerzas en su contra, reviviendo el miedo entre algunos sectores (como los empresariales), permitiendo que justamente a partir de ahí surgiera algo que no acababa de definirse a lo largo de la campaña: un oponente con fuerza y con posibilidades reales de competir por la presidencia. Mientras la campaña transcurría con un puntero muy adelante y dos contendientes rezagados, enfrentados entre ellos, se imponía cada vez con más fuerza la idea de que el triunfo de AMLO era inevitable. Después del debate y de la actitud guardada por AMLO ya no es así. Es decir, después del debate emergió la idea que hacía falta, la que puede aglutinar otras fuerzas e intereses poderosos, incluso una alianza tácita entre el PRI y el PAN: la de que es posible ganarle a AMLO. Esto es lo que se va a definir en las próximas semanas, para arribar en otras condiciones al segundo debate. Hasta ahora no hay datos claros que permitan afirmar que AMLO perdió puntos después del debate y cuántos ganó Anaya, si así fuera el caso. Pero es casi seguro que las preferencias se van a mover, no precisamente por el debate, sino por esta idea que se está tratando de consolidar entre los rivales de AMLO, la de que es posible ganarle. ¿Es factible, por ejemplo, una alianza entre el PRI y el PAN? ¿Esto implicaría que Meade declinaría su candidatura o se mantendría sólo para cumplir las formas? O bien, ¿se mantendrá contra viento y marea, apostándole a mellar sistemáticamente la imagen de López Obrador? O también es válida la pregunta: ¿el gobierno de Peña Nieto podría convencer a Anaya de ceder a favor de Meade? En fin, un factor esencial que ha estado jugando a favor de López Obrador en esta elección es la división de la “mafia del poder”, o de las élites políticas como señalan otros, pero eso puede estar llegando a su fin, propiciado no tanto por una conjura para impedir el triunfo de otra fuerza sino, precisamente, por una falta de claridad en las propuestas de López Obrador y el regodeo en su ventaja. O sea, ¿AMLO está ayudando a que sus adversarios se junten en su contra? Así parece. ¿No es increíble? El autor es analista político.

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