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Columnas MAR DE FONDO

Mar de fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

El PRI se está hundiendo El triunfo del PRI en 2012, que llevó a Enrique Peña Nieto a la presidencia, impidió ver el proceso de deterioro que ese partido empezó a vivir desde su derrota en la elección presidencial de 2000, pero incluso desde años antes. Su retorno, después de dos sexenios panistas, nos hizo creer a algunos que el tricolor regresaba fortalecido y dispuesto a quedarse por mucho tiempo en el poder. Pero no ha sido así. El PRI, realmente, no ha podido superar la debacle electoral que sufrió hace ya casi dos décadas, y ahora enfrenta las consecuencias. Las derrotas no le sirvieron para replantearse un cambio, para construir una nueva definición como partido político, para ver el futuro sin arrastrar consigo el pasado, para reinventarse, en pocas palabras, como un partido distinto a lo que había sido. Desde entonces, o quizás desde antes, el PRI vive una contradicción que ni sus militantes o sus dirigentes parecen comprender. A medida que los políticos tradicionales fueron siendo desplazados con la llegada de los tecnócratas a los gobiernos, principalmente con Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, y el partido se fue moviendo cada vez más hacia el campo neoliberal, con sus políticas restrictivas y al mismo tiempo desmanteladoras del Estado, muchas banderas del tricolor perdieron vigencia completamente. De ser un partido que intentaba presentarse como heredero de la revolución, con interés en las causas o la justicia social, preocupado mínimamente por una cierta nivelación social entre la población con menos recursos, etcétera, se convirtió en un partido cuyos dirigentes y gobiernos empezaron a aplicar otras políticas, muchas de ellas contrarias y antagónicas a lo que pretendía ser ese partido. Es una contradicción que viene arrastrando desde entonces, haciéndolo aparecer como un partido incoherente, que dice una cosa y hace otra, que se plantea la “modernización” del país pero al mismo tiempo aplica políticas sociales que ensanchan la pobreza y la desigualdad social, además de otros fenómenos. Hoy, en plena campaña electoral, esas contradicciones están aflorando con toda su fuerza. Un ejemplo lo tenemos con Mikel Arriola, candidato del PRI en la Ciudad de México, quien se declaró abiertamente en contra de los matrimonios entre el mismo sexo y contra la legalización de la mariguana que, teóricamente, no correspondería a la postura de un partido como el PRI. Pero quizás el ejemplo más representativo de esta contradicción sea la misma candidatura de José Antonio Meade, quien es uno de los exponentes de las políticas neoliberales aplicadas en México tanto por el PRI como por el PAN, cuyos efectos desastrosos están a la vista, especialmente bajo el gobierno de Peña Nieto. En otras palabras, el PRI es un partido dirigido por un grupito de tecnócratas, entre los que pueden contarse desde el mismo Peña Nieto, Luis Videgaray, Aurelio Nuño, su dirigente nacional Enrique Ochoa Reza y algunos más de ese pequeño círculo, que intentan vender a los electores las mismas ideas que ha fracasado en los últimos años. La misma candidatura de Meade responde a esta absoluta falta de claridad que tienen quienes actualmente están a la cabeza del tricolor, que no comprenden los cambios del país, el desfase histórico en que está su partido, la contradicción enorme que significa abrazar el neoliberalismo y prometer al mismo tiempo bienestar a la población. No comprenden su falta de legitimidad y la pérdida de confianza provocada por ellos mismos. Los tecnócratas al frente del PRI y ahora al frente de la campaña de Meade, no entienden que el partido está viviendo una agonía desde hace tiempo, que tanto a nivel nacional como en la mayoría de las entidades está sumido en una profunda crisis y ha dejado de ser aquella maquinaria electoral que movilizaba electores hacia las urnas. Lo sigue haciendo en algunos estados, pero para salir más dañado todavía. Hoy el PRI es un partido que carece de un discurso claro y coherente, con pleitos internos interminables por las candidaturas que se reparten entre grupos, con una ideología moldeable al gusto de cada quien y con algunas propuestas incompatibles entre sí, una amalgama de cosas y posturas sin sentido. Es todo esto lo que impide que su candidato presidencial pueda abrirse paso en la campaña electoral, porque él mismo, además, es un reflejo o una expresión de la situación actual del PRI, una clara expresión de sus contradicciones. Con un gobierno mal evaluado, inmerso en varios casos de corrupción, con gobernadores en la cárcel y otros huyendo, con indicadores sociales por los suelos, con un partido desfondado y con un candidato presidencial que representa la continuidad de las malas políticas neoliberales, el PRI se acerca a una de sus peores derrotas electorales. Salvo que haya un milagro, su caída es inminente. El autor es analista político.

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