No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y enterate de todo

Columnas Mar de fondo

Mar de fondo

Por Benedicto Ruíz Vargas

¿Están divididas las élites en México? Para cerrar el año conviene hacer una reflexión de cara a la próxima elección presidencial, aprovechando este tiempo en que se dejan de lado las tareas cotidianas y la mente y el cuerpo tienden a relajarse un poco. El tema propuesto no es fácil, pero las circunstancias del final del año son propicias para abordarlo. Mi hipótesis principal es que las élites políticas y económicas en México se han dividido durante los últimos años. Se dividieron en el 2000, permitiendo que Fox adquiera una ventaja electoral frente al candidato del PRI. En 2006 este último partido no pudo recuperarse de su anterior derrota y dejó que el PAN ganara con un margen muy reducido. Y en 2012, el blanquiazul se fracturó o abandonó a su candidata Josefina Vázquez Mota, permitiendo el retorno de los priistas. Esta hipótesis cobra sentido si asumimos, un poco esquemáticamente, que las élites políticas en México se distribuyen entre los dos partidos principales, como son el PRI y el PAN. Son las que, para bien o para mal, han gobernado este país a lo largo de su historia, con el apoyo o teniendo como aliados a los grupos empresariales y a los medios de comunicación más poderosos. Los partidos de oposición son o han sido marginales a lo largo de este tiempo, con excepción de algunos enclaves locales y regionales. En este año o en esta elección, la división parece más profunda pues tanto el candidato del PRI, José Antonio Meade, como el del PAN, Ricardo Anaya, son resultado de una fractura en esos partidos. Si bien en el PRI no se revela abiertamente como tal, la candidatura de Meade responde a un desgaste de sus principales cuadros y personajes políticos y a un debilitamiento de la antigua cohesión que caracterizó a los priistas. Lo cierto es que entre Meade y Anaya hay muy pocas diferencias, por más que intenten encontrarlas en sus discursos políticos. La élite mexicana se sentiría bien con cualquiera que ganara, pero más con Anaya que entre sus propuestas está la idea de remozar un poco el desgastado y desprestigiado sistema de gobierno. O bien que ganara Meade, pero sin el lastre que significan las estructuras anquilosadas del viejo partido. El problema para estas élites es que ambos candidatos dividen el voto, haciendo ambigua la decisión y dispersando sus esfuerzos, salvo que uno dimita casi al empezar la campaña. Las causas que han contribuido a dividir a las élites que han gobernado este país, radican (desde mi análisis) en el enorme desprestigio que ha acumulado la clase política en los últimos años, al lado de sus partidos, en los escandalosos casos de corrupción que han avergonzado a los mexicanos en este y en otros sexenios, así como en la opulencia y el descarado proceso de enriquecimiento de los políticos de todos colores. Son problemas que dificultan alternarse el poder entre ellas, como funcionó hasta hace poco. Mientras las élites se dividen o se les dificulta cada vez más seguir gobernando, ha crecido el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador y, por lo tanto, la posibilidad de que pueda ganar la presidencia. AMLO no es un líder político-social democrático, con nuevas o novedosas propuestas para cambiar de raíz algunas cosas en el país, sino que, en todo caso, es un líder de una masa agraviada y burlada sistemáticamente por los que han gobernado. La aspiración máxima de esta masa de electores (dicho sin tono peyorativo) consiste en “expulsar” a la clase política representada en el PRI y en el PAN, como una especie de llave que abriría otras posibilidades. La estrategia de AMLO parece contradictoria con este sentimiento general al abrirles las puertas de Morena a los militantes disidentes de otros partidos, haciendo prácticamente un pastiche de esta organización. En aras de aislar a la élite o a la “mafia del poder”, Morena pesca de todo a río revuelto, pasando por alto –justamente- la fractura de las élites. Si hay ya un factor evidente que puede permitir o favorecer el triunfo de Amlo es, precisamente, la división de las élites que han gobernado al país durante los últimos años. La convocatoria de AMLO no debería ser a pitorrearse de sus candidatos, como lo hace él constantemente, sino la de convocar y promover un proyecto de gobierno cualitativamente distinto al que aquellas han enarbolado por varios años. En fin, no es de mi agrado ponerlo en estos términos, pero en esta elección estamos ante la posibilidad de ver si las élites mexicanas perderán esta vez el poder o, con alguna maniobra a lo largo de la campaña, podrán retenerlo. Deseo a mis amigos y lectores de esta columna un feliz año nuevo y que venga lo mejor para nuestro país. El autor es analista político

Comentarios