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La corrupción, el PRI y Meade El talón de Aquiles del PRI y su candidato presidencial es la corrupción. Se lo han ganado a pulso. Aunque Meade sea un político honesto que no se haya robado ni un quinto a lo largo de muchos años de servicio público en gobiernos del PAN y del PRI, lo que tiene indignado a la población es la manera de gobernar de muchos priistas que se han enriquecido abusando del poder. La triste realidad para Meade es que, al ser el candidato del PRI, carece de la credibilidad para convencer que resolverá esta terrible lacra. Hay mucha mugre –nótese el eufemismo– que involucra a políticos del PRI y que, por tanto, muestra un sistema de gobierno corrupto más que un tema de individualidades. Ahí están los gobernadores encarcelados y procesados por presuntos actos de corrupción y/o delincuencia organizada: Mario Villanueva, Andrés Granier, Jesús Reyna, Javier Duarte, Roberto Borge y Eugenio Hernández. Flavino Ríos y Rodrigo Medina enfrentan procesos judiciales fuera de la cárcel. César Duarte, Jorge Torres y Tomás Yarrington se encuentran en el extranjero sujetos a procesos de extradición. Súmese la acusación del sospechoso financiamiento de la llamada casa blanca del presidente Peña y su esposa. Agréguese la llamada “estafa maestra” donde varias entidades del gobierno federal habrían presuntamente desaparecido miles de millones de pesos utilizando contratos con universidades púbicas que luego subcontrataron empresas fantasmas que nunca hicieron las labores para las que fueron contratadas. Y ahora, gracias al gobierno panista de Chihuahua, se está descubriendo un esquema en el que recursos federales se habrían desviado para financiar campañas del PRI utilizando, también, empresas fantasmas. (Por cierto, el gobernador Corral está denunciando que la secretaría de Hacienda le está reteniendo dinero a ese estado en represalia por haber sacado a la luz pública un caso que potencialmente podría involucrar a Luis Videgaray, uno de los hombres más cercanos al Presidente y al candidato priista, así como a Manlio Fabio Beltrones, ex dirigente nacional del PRI). Previsiblemente, en los próximos meses de campaña saldrá más mugre –sigo con el eufemismo– como si necesitáramos más información para convencernos que, si bien hay muchos políticos corruptos en todos los partidos, los expertos en el tema son los priistas. ¿Qué puede hacer Meade frente a una avalancha de tanta inmundicia? El asunto me recuerda a lo que le pasó a Lyndon B. Johnson y los demócratas en las elecciones presidenciales de 1968 en Estados Unidos. Johnson había sido un gran Presidente que había realizado reformas importantísimas que marcaron el destino de su país, en particular las que desmantelaron el sistema de discriminación racial que todavía existía en diversos estados de la Unión Americana. Había implementado, además, políticas que abatieron la pobreza. No obstante los impresionantes resultados, Johnson decidió no reelegirse en 1968. ¿La razón? La Guerra de Vietnam. Efectivamente, para ese momento, el tema dominante, el que pesaba más en el electorado, era el de un conflicto bélico que ya estaba perdiendo Estados Unidos. Frente a la decisión de Johnson, los demócratas lanzaron como candidato presidencial al vicepresidente Hubert Humphrey quien no se desmarcó de la postura del gobierno de Johnson en el tema de Vietnam. Mientras tanto, el candidato opositor, Richard Nixon prometía que sí resolvería la guerra. Así de general, sin dar detalles, lo cual era interpretado por algunos como el inminente retiro de EEUU de Vietnam y por otros como un próximo incremento de tropas estadounidenses. Viéndose perdido, Humphrey comenzó a diferenciarse de Johnson en el tema de la guerra ya al final de la contienda. Fue muy tarde. Nixon ganó gracias a Vietnam. Los impresionantes resultados de Johnson no pesaron en el electorado. Aquí en México, el presidente Peña, con buen tino y mejor operación política, logró que se aprobaran muchas reformas estructurales importantísimas. Pero todo eso acabó eclipsándose por un tema que atrapó e indignó al electorado: la corrupción. Peña, a diferencia de Johnson, no podía reelegirse. Lo que sí eligió fue al candidato presidencial del PRI, Meade, quien corre el riesgo de que le pase lo mismo que a Humphrey: que no sepa qué hacer con el tema toral para el electorado, en este caso la corrupción, no se diferencie de Peña y acabe perdiendo frente a un candidato que sólo diga vaguedades de cómo resolverá el problema. (Como dato final, vale la pena recordar que, ya como Presidente, Nixon no sólo no resolvió la guerra sino que la complicó más extendiéndose por otros cinco años). *- El autor es analista político/profesor investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE)

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