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Columnas EXÉGESIS

Exégesis

Por Arnoldo Castilla

A propósito de la ética En días pasados, un jovencito fue secuestrado por cuatro adultos, uno de ellos se encuentra prófugo, cuestión que sucede todos los días y forma parte del diario acontecer en el país. Este hecho, común por su cotidianeidad, pasaría como una nota periodística más ocupando un espacio en la sección policiaca, si no se distinguiera por la presencia en la ejecución del acto de privación de libertad, de un estudiante de primer semestre de la carrera de Licenciado en Derecho en Mexicali, cuestión que motiva una interrogante que refiere a un viejo programa de televisión en la que, el comediante, ante hechos como este, se pregunta: "¿Qué nos pasa?". ¿Qué nos pasa? Nos preguntamos cuando un aspirante a sacerdote de la justicia tuerce su plan de vida y se inclina por el camino del delito, no nos queda más que reflexionar hasta dónde ha llegado la subcultura del crimen, que permite ingresos fabulosos y una vida de dilapidación y placeres costosos al que pocos tienen acceso, aunque con ello concurra el riesgo de perder la vida o la libertad, al tener que cumplir una terrible pena de prisión, merecida por un comportamiento antisocial. Si bien es cierto que la pobreza, la injusticia, la marginación, la discriminación, la falta de oportunidades y la drogadicción, han propiciado esta terrible situación denominada delincuencia organizada, también lo es el hecho de que, en muchos casos, los maestros de los diversos niveles escolares, sacerdotes, padres de familia, etc., hemos perdido ese ánimo de misioneros que requiere el enseñar a vivir conforme a un código de valores que permite el control social. Profesores que no enseñan ni en la teoría, ni con el ejemplo, que brindan una conducta criminal con la enseñanza de las formas de cómo evadir con trucos procesales, la ejecución de la ley y el cumplimiento de penas por el ilícito cometido sea o no grave, culpable o no culpable su autor. Es la corrupción el cáncer de la justicia, que se agrava cuando los profesores de derecho de cualquiera de las universidades se convierte en un apóstata de la justicia o abogados especialistas en torcer el sentido de la ley, ya sea como asesores jurídicos, abogados postulantes o como servidores públicos, y lo más grave, como inductores del crimen cuando enseñan la ciencia y el arte de evadir la aplicación del derecho. Pero en lugar de lamentarnos, debemos de cuidar que quienes aspiran a la carrera de Licenciado en Derecho, posean auténtica vocación, para ello no basta con someter al aspirante a exámenes de adivinanza teórica o memorística. El secreto estiba en efectuar una selección basada en el conocimiento de los cimientos morales de quien en el futuro desea ser propagador del derecho a través de la divulgación del conocimiento y del pensamiento de los grandes científicos de la jurisprudencia. El autor es abogado y catedrático de la UABC.

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