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Nostalgia "Por el derecho a la libertad de expresión" De alguna manera todos tenemos recuerdos añejos que nos visitan constantemente, trayéndonos vivencias que nos remontan en el tiempo. Si tuvimos la suerte de vivir una infancia feliz, aunque con carencias, las remembranzas llegan igual que si vivimos en la opulencia. No es, entonces, la cuestión financiera la que nos lleva a revivir los viejos tiempos, sino la fuerza de los hechos que se quedaron atados a nuestro subconsciente. Cuando los estímulos del exterior incentivan, por medio del olfato, el tacto o la visión, la zona del cerebro especializada en la memoria, se activan las remembranzas y volvemos a medio vivir los hechos. Todos estamos vinculados, de alguna manera y con relativa intensidad, a sucesos externos a nuestra vida y, por supuesto, de manera directa, a nuestra historia personal. Todos sufrimos o disfrutamos esto con alguna frecuencia. A mí, en esta época otoñal, me llegan ráfagas de recuerdos que no puedo evadir. El otoño significaba experimentar y sentir –para los que vivimos el lapso de los 50 y 60 en un pueblo con pocos habitantes como Tecate– aromas, colores, sonidos, espacios amplios y un limitado número de juegos y actividades que, sin embargo, nos mantenían ocupados y entretenidos. La inexistencia de áreas embanquetadas o pavimentadas abría las zonas y alargaba las distancias. La necesidad de correr y movernos para experimentar la emoción del juego tenía inmediata respuesta, pues podíamos hacerlo sin ningún obstáculo. Nuestra conexión con la naturaleza era directa e inmediata. Nada se anteponía para que escaláramos cerros o subiéramos a los árboles sin parar. Las estaciones nos traían los aromas de las flores y los colores que verdeaban los patios. Comer frutas robadas era una travesura que los vecinos ignoraban. Las manzanas, higos, uvas, duraznos, peras y membrillos no se pudrían en las ramas, ni se los comían los gusanos. Era la chamacada los que acabábamos con ellos. Jugábamos a las canicas, al trompo, al bote pateado, a los quemados, al hoyito con castigo si perdías, a las cebollitas abrazados de las niñas, al chinchileguas y a todo los que significara moverse. Nadie tenía televisión y no nos importaba. No queríamos estar sentados, sino correr y movernos sin parar. Sien embargo, el otoño llegaba con un viento fuerte corriendo de Este a Oeste, arrastrando plantas redondas y espinosas, que rodaban desde allá hasta acá. El día se hacía cada vez más corto y comenzaba el frío, anunciándonos la llegada del invierno. En las tardes el pueblo se oscurecía y aparecían en el firmamento tantas estrellas que no terminabas de asombrarte al mirarlas. La chamacada en mi colonia acostumbrábamos a tirarnos en el suelo para mirar más cómodos hacia arriba, y nos recontábamos el mito de que San Juan había comido pinole, y al toser, esparció sus granos en el cielo formando el Camino de San Juan, que en realidad era la Vía Láctea. Nos asustábamos con la Llorona y muy quedito decíamos que ya habíamos visto un condón. Era una época con pocas verdades y muchas teorías sueltas que siempre estaban ajustadas por la religión. Nadie se atrevía a enfrentar la hipocresía y el agandalle de los curas católicos. Tal vez fue esa oscuridad cultural y los destellos de las nuevas épocas, las que nos hicieron crecer anímica e intelectualmente. Todo esto es nostalgia, es revivir instantes, es anhelar y añorar. Vale. * El autor es licenciado en Economía con Maestría en Asuntos Internacionales por la UABC.

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