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Columnas ECOANÁLISIS

Ecoanálisis

Por Alberto Tapia

Totoaba en la mesa La semana antepasada comimos en un restaurante de San Felipe, BC. Al ver que varios compañeros ordenaron pescado pregunté al mesero qué pescado fresco ofrecían. “Curvina”, me dijo. ¿Qué especie?, dije. El mesero no supo contestar y dije ¿golfina o aleta amrilla? ¡Aleta amarilla!, dijo con alivio. Pero cuando vio que iban a ser varias órdenes de pescado sugirió: “Tenemos totoaba… desde luego, de acuacultura” Cuatro compañeros pidieron totoaba, entusiasmados porque iban a saborearla por primera vez. Parecía totoaba, pero no estuve seguro, ya no recuerdo su sabor, pero uno dijo “nada del otro mundo” Y así es, finalmente es una especie más, pero que hemos puesto en un altar culinario. No lo digo yo, muchos opinan que la totoaba es la mejor carne de pez marino, superior al mero y al espada. Pero después de pagar y salir del restaurante, pensé ¿qué seguridad tuvimos de que el filete haya sido de totoaba de verdad? Y peor aún, ¿qué seguridad que haya sido de acuacultura? No mostraron ningún certificado de ello y no estaba en el menú. Alguno de nosotros opinó "qué importa con tal que se aproveche y no se deje pudrir en las playas después de quitarle el buche". En la CDMX, Tijuana, Monterrey y otras urbes, ofrecen en el menú totoaba certificada de acuacultura. Tengo entendido que hay dos criaderos autorizados, uno en Isla Todo Santos, frente a Ensenada, y otro frente a La Paz, B.C.S. Este último es el principal surtidor a los restaurantes. Se trata de la empresa extranjera Earth Ocean Farms, que adquirió la tecnología de la UABC y produce ya suficientes hasta para liberar alevines de totoaba en las cálidas aguas sureñas. ADN 40 difundió que el pasado mes de julio, aquella empresa liberó 40 mil alevines de totoaba, más que cualquier liberación de la UABC, de un solo golpe. Evidencia del éxito de su reproducción en cautiverio. Pero me salta una duda: su sobrevivencia. Siempre hemos sabido que la totoaba desova en aguas estuarinas, mezcla de corrientes dulces y saladas, y que la falta de agua dulce del Río Colorado pudiese ser causa de su anterior disminución junto con la vaquita marina. ¿Sobrevivirán los alevines sureños sin boca de río? Esperemos que sí, y entonces diremos que la especie se ha adaptado completamente al agua salada o que nunca necesitó de la dulce. Por el ritmo que lleva este proyecto que cuenta con un motor de suficiente potencia y voluntad, no sería raro que pronto se anuncie una temporada de pesca deportiva de totoaba en La Paz. Incluso que se apropien del liderazgo en la conservación de la especie, todavía considerada en peligro de extinción. En la exposición museográfica que investigamos para el Centro de Estudios sobre la Universidad (CESU) UABC, y en la nueva edición bilingüe de "El Reino de Calafia", deseamos que un día la totoaba sea para el disfrute de todos los mexicanos, no solo de los traficantes como ahora. Earth Ocean Farms parece perseguir el mismo objetivo. ¡Felicidades! El autor es investigador ambiental independiente.

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