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Columnas Kalín

Ecoanálisis

Por Alberto Tapia

Nació cuando yo tenía casi tres años. Mis padres le pusieron Oscar. De grande se hizo llamar Kalín, para su familia y amigos. Cuando me regalaron mi primer bicicleta de dos ruedas, Oscar quiso otra pero era muy chico e insistió hasta que mi padre le compró una en la Segunda de Don Liborio, frente al Mercado Municipal. “Para que aprenda”, dijo mi padre. Pero Oscarito no sólo aprendió, sino que por las tardes daba espectáculo en la banqueta Este de la Calle Bravo entre Obregón y Lerdo, nuestro barrio. Se montaba en su bici colorada, agarraba aviada y se paraba sobre el asiento y luego abría sus brazos. Los vecinos de aplaudían. El show terminaba siempre en accidente y mi madre pacientemente curaba sus heridas menores. Cuando mi padre me enseñó a manejar el “jeep amarillo”, Oscar quiso aprender también e insistió hasta que antes de la edad esperada lo consiguió. Hizo famoso al jeep en las “reformeadas”, o paseo por la avenida Reforma, siempre lleno de chicas y chicos compañeros de prepa y del CETYS, donde estudiábamos los dos. Cuando compré mi primer VW, me lo pidió y lo chocó, sin consecuencias para él. En una cacería de codorniz le disparé a una y Oscar estaba al otro lado del cachanillal y recibió varias municiones. Entre todos los adolescentes lo curamos en secreto para que mi padre no nos quitara las armas y el jeep. Le quedó una munición en su oreja izquierda que presumía como su arete de la buena suerte y fue con ella. En un viaje a San Felipe se le atravesó un gato montés y al esquivarlo, se volcó, sin consecuencias para él. Con los dos Mustangs que tuvo se accidentó también. En el primero llegando a Tecate sin consecuencias. Con el segundo se subió a la glorieta de Lázaro Cárdenas y Benito Juárez y quedó en brazos del Tata Lázaro. De ahí salió lastimado de la cadera con consecuencias posteriores. Pero alcanzó a reportar su carro como robado y el seguro se lo pagó. Tuvo más amigos de los que podía contar. “Pelón” Gómez Mejía lo recordó como “el amigo de todos” que siempre corrió riesgos. Luis Javier Garavito recordó que El Kalín vivió al filo de la navaja. Mi querido hermano se apartó de mi senda de aventuras rurales y él siguió la de las aventuras urbanas. Enamorado, bohemio, buena vida y amiguero. Jurídicamente se defendía solo. El domingo 22 platiqué con él por última vez en el hospital después de varios infartos. Al día siguiente su corazón dejó de latir a los 71 años. Fue mi primer amigo y contrincante con guantes y sin guantes de Box. Constante preocupación para mis padres. En la Funeraria, el Padre dijo al ver sus fotos: “se ve que tenía carácter y era travieso”, lo pintó de cuerpo entero. Un beso para mi cuñada Cristina Gallego y mis tres sobrinas. Descansa en Paz hermano, pronto volveremos a cantar y a brindar. *- El autor es investigador ambiental independiente.

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