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Columnas El Bigfoot

Ecoanálisis

Por Alberto Tapia

Leyendas y mitos son una parte importante de la cultura e identidad de los pueblos. El pasado domingo que escribí sobre el yeti, lectores jóvenes se interesaron en estos temas de bestias desconocidas y hoy continúo con la contraparte americana, el pie grande o sasqwash. Agradezco a todos ustedes que notaron el error que cometí, al decir que el Himalaya tenía 10 kilómetros de altitud. El corrector del diario lo notó y cambió el 10 por un 8, aunque el Everest del Himalaya tiene un poco más de los 8 mil metros. ¡Pero no quitó “kilómetros”, y aumentó el error! Pido disculpas. Al peor cazador también se le va una liebre. Me enteré de la leyenda hasta ahora del Bigfoot en los años sesentas, en la revista Argosy, que anunciaba el film de 8 milímetros que Patterson, un aficionado que filmó a una criatura bípeda, grande y peluda, caminando entre troncos de árboles en el Norte de California. Hoy, para muchos fue un truco, para otros es auténtica y se han realizado muchas pruebas no concluyentes. A principio de los años ochenta, mi amigo don Chema Mendoza y yo nos alborotamos a ir a cazar un oso negro a los EUA. Sin internet entonces, buscamos anuncios clasificados en las revistas de cacería americanas de la época, y después de mandar y recibir cartas de varios outffiters, nos decidimos por Tom Mattew, un organizador y guía que ofrecía la cacería por 600 dólares, con la garantía de “si no cazas no pagas”. Tom se atrevía a eso debido a la abundancia de osos en el Norte de California y a la eficacia de sus sabuesos. Volamos de El Centro a San Francisco y luego a Redding vecino del Monte Shasta en California con su volcán de más de 4 mil metros de alto (la mitad del Everest), que siempre tuvimos a la vista. Durante nuestro tránsito por los aeropuertos californianos, siempre llevamos nuestros rifles al hombro en sus fundas y nadie se alarmó por ello. ¡Imaginen hoy lo que sucedería! Tal ha ido el impacto del 11/9/01. No hay espacio para el relato cinegético, pero sí para comentar nuestra experiencia cuando llegamos a la villa del Bigfoot. Unas cuantas casitas de troncos de pino para renta de viajeros de paso en medio del bosque de coníferas. Una tiendita de souvenirs y un pequeño restaurante. Todos proclamaban estar en la tierra de pie grande. Sólo se hablaba de él. Los souvenirs eran sobre el bigfoot: llaveros, peluches, postales, mapas, etc. A la entrada y salida de esta villa, había figuras enormes del sasqwash. De la leyenda vive esta gente. Tom nos dejó en una cabaña para recogernos en la madrugada del día siguiente. La recomendación de los vecinos fue no salir a caminar de noche, sin decir la causa. De modo que dormimos con los rifles a la mano y la puerta atrancada. Sólo pagamos un oso. Del bigfoot ni sus huellas, pero la leyenda continúa. El autor es investigador ambiental independiente.

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