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Columnas Queso, pan y vino

Ecoanálisis

Por Alberto Tapia

Desde que los primeros homínidos aparecieron en África, los humanos que descendemos de ellos no hemos dejado de evolucionar. Durante el último millón de años, los científicos han descubierto que los cambios notables en el tamaño y estructura del cráneo, nuestra dentadura y anatomía, son producto, “probablemente” de la dieta, que hemos comido a lo largo de este largo período de tiempo. Pero con cautela apenas se atreven a calificar como “probable” esta circunstancia. No se necesita ser científico para ver en los registros de arqueología, antropología e historia cómo hemos sido los humanos en el pasado. Empezamos como tímidos recolectores de semillas, frutas, raíces, hurtando huevos de aves y reptiles y ocasionalmente atrapando con las manos pequeños mamíferos y peces. Éramos auténticos cazadores-pescadores-recolectores. Y en esa actividad nos pasamos milenios, hasta que alguno de nuestros antepasados descubrió que dentro del cráneo de los grandes mamíferos y de sus fémures, había sesos y tuétanos, la proteína más rica jamás paladeada por nosotros. Y como la necesidad es la madre del ingenio, y gracias a que a que aprendimos a crear y controlar el fuego, pudimos dormir tranquilos en una cueva, con una fogata en la entrada para que ninguna fiera llegara a devorarnos. Verá usted ecológico lector, en aquellos tiempos en que todavía no salíamos de África, el leopardo era nuestro principal enemigo. Su platillo favorito eran las mujeres y los niños pre humanos, muy fáciles de cazar y comer. Entonces el tamaño del cerebro del felino era de mayor volumen que el nuestro. Pero al poder soñar en la cueva resguardada por el fuego, imaginamos una herramienta para hacer frente al leopardo y para poder cazar a los grandes mamíferos y extraer sus sesos y médulas. Lanzas, hachas y mazos de piedra nos permitieron rechazar al felino y al enemigo, así como cazar y extraer la proteína más rica. Y como nuestros propios cerebros están hechos en un 80% de lo mismo, pues estimulamos su desarrollo hasta llegar a superar la capacidad craneal del leopardo y poner en peligro de extinción a nuestro antiguo enemigo. Pero de comer casi sólo proteína animal, de repente en nuestra evolución, inventamos la agricultura y la domesticación de animales. Nos hemos hartado en los últimos 10 mil años de cereales y lácteos. Fermentamos vegetales para inventar las bebidas alcohólicas, y no sólo eso, hemos abusado de ellos. Ser pastor o agricultor, bajó nuestro intenso ritmo prehistórico del nómada sin reposo. Y sin ese ejercicio y una dieta más rica, nos degeneramos. Obesidad, diabetes, hipertensión, artritis y cánceres, abruman ahora a la humanidad moderna. Qué triste que lo que concebimos como progreso nos haya llevado a comprometer la salud. Ahora sabemos que somos y seremos lo que comemos. El humano de hoy es diferente al de ayer, pero ¿cómo seremos mañana? Los científicos creen que debido a nuestra preferencia por lácteos, cereales y alcohol, serán definitivos en modelar al humano del futuro. ¿Qué tanto depende usted de ellos? *- El autor es investigador ambiental independiente.

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