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Columnas ECOANÁLISIS

Ecoanálisis

Por Alberto Tapia

Los dos San Felipes Junto con Puerto Peñasco primero, y después el Golfo de Santa Clara en Sonora, San Felipe, B.C., nació y creció gracias a la pesca, en particular de la totoaba, pez endémico del alto Golfo de California, cuya carne es una de las mejores del planeta. Pero su vejiga natatoria o “buche” es codiciada y muy bien pagada en los mercados asiáticos. Existe la hipótesis de que gracias a este valor se fundaron los puertos mencionados. El alto Golfo, cuestionado como mexicano, permitió la evolución aislada de especies únicas, entre ellas el mamífero marino más pequeño y más amenazado del mundo, la vaquita marina, cuya población se encuentra al borde de la extinción, debido aparentemente a la pesca de la totoaba, vedada desde 1976 pero que se le sigue pescando. Hasta ahora, a la vaquita marina no se sabe que se le coma. El hecho es que a los habitantes de estas costas golfeñas la naturaleza los bendijo pero el hombre las maldijo. La totaba sea quizá, debido al alto precio de su buche, el pez marino de mayor valor comercial y está vedado. En 2018 no por ser escaso, sino por falta de una evaluación metodológica que cumpla con los requisitos internacionales que permitan levantar la veda a su captura. Los pescadores escucharon el año pasado a la autoridad prometerles el levantamiento de la veda de la totoaba, pero solamente para pesca deportiva en febrero de este año. Ya estamos en marzo y nada se sabe todavía de aquella promesa. Varios pescadores sanfelipenses se quejan de la inequidad con la que son tratados por las autoridades, principalmente federales. Mientras que los ciudadanos respetuosos de la ley esperan el levantamiento de la veda, aquellos que no la respetan continúan pescando totoaba y vendiendo su buche. Consideran una burla que los pescadores furtivos presuman sus carros nuevos, bienes raíces, fiestas y vida de lujos, ante la mirada de la autoridad. El mensaje institucional es muy claro: se privilegia lo ilegal, opinan los sufridos pescadores sin mar, varados en tierra. Esta realidad ha creado y cada vez se acentúa más, la desproporcionada existencia de dos San Felipes, el rico y el pobre. Los verdaderos pescadores quieren regresar al mar, pero otros prefieren la clandestinidad que les resulta más redituable o la comodidad de recibir una compensación por no salir a pescar. Todo esto ha fragmentado la percepción de la comunidad porteña. Los divide y confronta, fermenta un caldo de cultivo peligroso para todos. Basta imaginar la desesperante situación económica de aquellos que solamente vivían de la pesca y no reciben dinero ya por largo tiempo debido a la veda. Pero no sólo los pescadores varados están sufriendo, sino toda la cadena productiva derivada de la pesca. Miles de personas y familias desesperadas a las que nadie está atendiendo. La totoaba ha sido una gran paradoja. Es el pez más valioso y no se aprovecha por la incompetencia de la autoridad, pero además causa violencia, pobreza y zozobra. El autor es investigador ambiental independiente.

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