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Columnas Ecoanálisis

Ecoanálisis

Por Alberto Tapia

Policarpio Álvarez Romero Como saga de la columna anterior, hoy recuerdo a un personaje rural del cual mi padre se ufanaba ser amigo. Don Alberto presumía por igual sus amistades rurales y sencillas, que las urbanas y poderosas. Contaba que fue amigo del Gobernador Abelardo L. Rodríguez, a quien le vendía dos veces en una sola mañana, la misma edición del diario matutino. La primera al salir de la casa de Gobierno, luego corría y esperaba al mandatario en la puerta del Palacio de Gobierno (hoy Rectoría UABC), y le vendía otra vez. Mi padre sabía que el Gobernador se daba cuenta de la doble venta, pero por ser “su amigo”, se lo volvía a comprar. Cuando de adulto recorrió la región cazando y pescando hizo grandes amistades rurales igualmente importantes para él. En las décadas de los años 60 y 70, mi padre, amigos y después sus hijos con él, acudimos al extremo sureste de la Sierra de Juárez. Por las bajas temperaturas los venados y cimarrones se bajaban a los lomeríos desérticos. Cuando íbamos a Arroyo Grande, si entrábamos por El Taráiso pasábamos a saludar en la casita de bloque de Arroyo Grande, a su constructor el ganadero Enrique Jolliff. Le avisábamos que cazaríamos en sus tierras, o al Este en terrenos del Ejido Plan Nacional Agrario. Si estaba el vaquero kiliwa Policarpio Álvarez Romero, invitábamos a ambos a visitarnos en el sitio El Palo Fierro, en donde acampábamos a veces por días. Jolliff nunca nos visitó, pero El Poli, como le apodaban, sí lo hacía invariablemente montado en su mula. Mi padre y él brindaban con tequila por la navidad y fin de año. El Poli nunca nos acompañó a cazar, ni acarreó algún venado o borrego, la relación era meramente amistosa. Medio siglo después, me crucé de nuevo en la vida del Poli. Resulta que como producto de nuestras investigaciones en el IIC Museo UABC, con mi colega el doctor Mario Magaña, escribimos y publicamos un artículo sobre esta región a la que el antropólogo Peveril Meigs designó a Arroyo Grande como el “corazón” del Territorio Kiliwa. Mario conoció al Poli y lo entrevistó junto con su esposa en el Valle de La Trinidad. Su edad avanzada no le permitió aportar gran cosa, pero su esposa, Francisca Ochoa Montaño, lo recordó como excelente vaquero y “bueno para todo”. El Poli me dijo después de mucho preguntarle, cuáles fueron los cuatro puntos cardinales del mundo kiliwa: El Norte, El Witiñam; el Sur, El Picacho del Diablo; el Oeste, el Cerro Quemado; y el Este, el Cerro del Borrego. En el artículo académico “Registros históricos de la cinegética”, Mario y Yo damos cuenta de esto. Si en la última cacería del año el Poli no nos visitaba, mi padre le dejaba enterrada una botella de tequila al pie de El Palo Fierro, en dónde él la recogía y disfrutaba al calor de su estufa de leña como testimonio de su amistad. En estos días, seguramente sus espíritus festejan juntos. *El autor es investigador ambiental independiente.

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