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Columnas La Aguamucha

Ecoanálisis

Por Alberto Tapia

De baúl de los recuerdos esta aventura de hace 40 años. En la década de los años ochenta, cada otoño partíamos a Sonora, al desierto o a la Sierra Madre. Aquella ocasión enfilamos hacia Óputo (Villa Hidalgo), en una sola jornada de 17 horas sin parar. Mi hermano Armando y los hermanos Jaime y Humberto García me acompañaban. Dormimos en casa de don Manuel y Chenda Valencia, a orillas del Río Bavispe. Por la noche escuchamos ladridos agudos que pensé eran de una zorra gris, pero en la mañana don Manuel me dijo que fueron “perros de agua”, como llaman ellos a la nutria de río. Con café recién hecho, tortillas de harina y machaca con huevo repusimos las energías gastadas la jornada anterior. Cargamos en el Dodge 4X4 provisiones extras, a Pancho Boni, saxofonista rural y a don Manuel, y partimos a la Sierra de la Madera, entre Cumpas y Óputo. El destino era La Aguamucha, una casa de adobe abandonada en medio del bosque de pino que servía temporalmente a los vaqueros cuando arriaban ganado. Su nombre se debe a que tiene una manantial perene con “mucha agua”, un huerto de cítricos, pero sobre todo, está en el corazón del hábitat del venado cola blanca de bosque. Subimos lentamente una cuesta larga, angosta y sinuosa, con escarpa a la izquierda y voladero a la derecha. Y el cielo se “emporcó”, como dice el vaquero sonorense al nublado. Al llegar a la casita ya había amenaza de tormenta. Cazamos dos días pero un aguacero nos mantuvo en las carpas todo un día, y es que la casita tenía medio techo y era sólo para guardar enseres de jinetes. No cazamos nada pero vimos a una venada albina, toda blanca, que retraté desde lejos con una cámara compacta de 35 milímetros. Decidimos cambiarnos de lugar, empacamos y emprendimos el descenso por el camino abandonado. Al doblar una curva nos topamos con un derrumbe ocasionado por la lluvia. Un tronco de pino se atravesaba entre el escombro de tierra, piedra y lodo. Lo único que pudimos hacer fue empezar a remover el derrumbe para hacer brecha por donde el 4X4 brincara el deslave. Trabajamos todo el día turnándonos la pala. Al anochecer comimos algo, prendimos la lámpara de gasolina y trabajamos durante toda esa noche. Nos amaneció y ya pudimos a duras penas hacer rodar el tronco al desfiladero. Por fin dejamos una joroba que yo intentaría brincar con el pick up. Me bendijeron, me persigné y arranqué. El carro brincó la loma sin resbalar al precipicio. ¡Hurras y más Hurras! Los imprevistos son siempre parte de la aventura. Los hay que se pueden resolver y aquellos que no. Nos aferramos a creer que todo tiene solución, mientras no nos llegue la muerte. Los cazadores, aventureros, exploradores y demás espíritus que gustan de frecuentar lugares solitarios, corremos esos riesgos, son gajes del oficio. Lo importante es la solidaridad, el trabajo en equipo y no perder la esperanza. *- El autor es investigador ambiental independiente.

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