Columnas Diferencias

De política y cosas peores

Por Catón  

Temblaba entre mis brazos como una tórtola en manos de su cazador. Pensé que su temblor era de inquietud. Me equivocaba. Después entendí que temblaba de deseo. Aquella noche se iba a entregar a mí. Ella lo sabía; yo no. En ese tiempo, Armando, me preciaba de ser experto en el trato con mujeres. La verdad es que no hay hombre que se pueda jactar de eso. Te lo dice tu tío Felipe, o sea yo, que ha conocido a muchas. En cuestión de amor, y en lo tocante al sexo, los hombres somos más o menos iguales los unos a los otros. No hay mucha diferencia entre nosotros. Cada mujer, en cambio, es un universo infinitamente distinto al universo que es otra mujer. Se diría que a nosotros nos hizo una máquina y a ellas un artista. En la cama el hombre es un tocadiscos; la mujer un Stradivarius. Si no entiendes eso jamás podrás hacerle el amor plenamente a una mujer. Poseerás su cuerpo, pero jamás tendrás su alma. A ésta que te digo la invité a cenar en el restorán de moda. Me había dicho que su flor favorita era la rosa amarilla, así que hice poner en la mesa un ramo de rosas de ese color. Sonrió al mirarlas. Vestía toda de blanco. Me pregunté, necio de mí, por qué. Ella sabía la respuesta: la noche iba a ser nupcial; su vestido era de novia. Debí haberlo adivinado, pero los hombres no sabemos adivinar. Debí haberlo presentido, pero los hombres no sabemos presentir. Cuando salimos tomó una rosa del ramo y la besó. El beso era para mí, pero ella era demasiado ella para besarme en público, ni aun en la mejilla. Le pregunté: "¿A dónde vamos?". Me contestó: "A donde quieras". Llegamos a mi departamento, y tan pronto entramos la tomé en los brazos. Fue entonces cuando la sentí temblar. Me conmovió su desasosiego. Pensé, ya te lo dije, que temblaba de inquietud. No era así. Su temblor, te lo dije también, era de deseo. Empecé a desvestirla lentamente. No quería asustarla. Ella no se movía. Me miraba nomás con aquellos sus grandes ojos negros. Todas sus prendas interiores eran blancas, igual que su vestido. Ella me dejó hacer. No hice nada que pudiera sobresaltarla. Ya era yo amante sabidor, pero con ella no puse en ejercicio mis saberes. La tomé suavemente; amorosamente, castamente. Fue como una noche de bodas. "¿Me vas a querer siempre?". No fue ella la que hizo esa pregunta. Fui yo. Siempre amo a la mujer a la que estoy amando aunque sea por una sola noche. Ella no contestó. Puso la cabeza sobre mi pecho y respondió con su silencio. Así estuvimos un rato; sin hablar. Cuando empecé a besarla otra vez me detuvo. Con voz queda me dijo: "La primera vez debe ser la única". Se vistió luego. No habló en todo el trayecto hacia su casa. Llevaba en la mano la rosa amarilla. Al despedirnos me besó con un beso callado, como ella. Le pregunté: "¿Volveré a verte?". Ya no dijo nada. Los días que siguieron la busqué en vano. Sólo sabía de ella su nombre, y que le gustaban las rosas amarillas. Al paso de los meses la olvidé. Estoy mintiendo: nunca la he olvidado. Está en mí. Va conmigo. Recuerdo siempre su vestido blanco; su atavío como de novia. Recuerdo su temblor. Recuerdo, sobre todo, aquella frase suya: "La primera vez debe ser la única". Gracias, Armando, por haber ayudado a tu tío Felipe a recordar. Quien esto escribe sabe cosas que sus personajes desconocen. Y mi tío Felipe no sabe que en este momento, en algún lugar, una mujer está recordando algo. Tiene en sus manos una rosa amarilla ajada por los años que ha sacado de entre las páginas de un libro. La besa, y su mirada se pierde en una lejanía que sólo ella puede ver. FIN.

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