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Columnas La materia prima

De historia y algo más

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Excélsior publicó, el miércoles 16 de octubre de 1974, un cartón de Abel Quezada titulado “La tierra y sus dueños”, en el que hacía notar que Dios quiso equilibrar la enorme riqueza natural que le había dado a México dándole al país los mexicanos. Hoy, después de casi 44 años puedo decir con tristeza que no hemos avanzado. La creencia general es que ningún presidente ha servido para nada, que solo se han enriquecido y que todos son corruptos. Por eso estoy empezando a sospechar que el problema no está en lo malos que hayan sido todos los presidentes. El problema somos nosotros como pueblo, como materia prima de un país. Porque pertenezco a un país donde la "viveza" es la moneda que siempre es valorada tanto o más que el dólar, donde hacerse rico de la noche a la mañana es una virtud más apreciada que formar una familia a largo plazo basada en valores y respeto a los demás. Pertenezco a un país donde la gente se siente triunfal si consigue volarse la televisión por cable o el Wi Fi del vecino, donde la mayoría no paga impuestos, donde la impunidad es un hábito. Donde no hay interés por la ecología, donde las personas tiran basura en las calles y luego le reclaman al gobierno por no darle mantenimiento al drenaje. Donde no existe la cultura por la lectura y no hay conciencia ni memoria política, histórica ni económica. Un país en el cual la prioridad de paso es para el auto y no para el peatón. Un país donde su gente está llena de faltas, pero que disfruta criticando a sus gobernantes. Mientras más se le dice rata a un presidente, gobernador o alcalde, mejor se es como persona. Como materia prima de un país, tenemos muchas cosas buenas pero nos falta mucho para ser los hombres y mujeres que nuestro país necesita. Esos defectos, esa "viveza" congénita, esa deshonestidad a pequeña escala que después crece y evoluciona hasta convertirse en casos de escándalo, esa falta de calidad humana, es lo que nos tiene real y francamente mal. Porque, aunque el presidente renunciara hoy mismo, el próximo presidente que lo suceda tendrá que seguir trabajando con la misma materia prima defectuosa que, como pueblo, somos nosotros mismos. Y no podrá hacer nada, no hay ninguna garantía de que alguien lo pueda hacer mejor, pero mientras nadie señale un camino destinado a erradicar primero los vicios que tenemos como pueblo, nadie servirá, ni servirá el que venga. Aquí hace falta otra cosa. Y mientras esa "otra cosa" no empiece a surgir desde abajo hacia arriba, o desde arriba hacia abajo, o del centro para los lados, o como quieran, seguiremos igualmente condenados, igualmente estancados. Es muy sabroso ser mexicano, y "vivir a la mexicana". Pero cuando esa mexicanidad autóctona empieza a hacerle daño a nuestras posibilidades de desarrollo como nación, ahí la cosa cambia. No esperemos encenderles una velita a todos los santos, a ver si nos manda un Mesías. Nosotros tenemos que cambiar, un nuevo presidente con los mismos mexicanos no podrá hacer nada. Está muy claro “somos nosotros los que tenemos que cambiar." Disculpamos la mediocridad mediante programas de televisión nefastos y francamente tolerantes con el fracaso. Es la industria de la disculpa y la estupidez. El autor es ex presidente de la Federación de Colegios de Ingenieros Civiles de la República Mexicana.

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