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Columnas Obsolescencia programada

De historia y algo más

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En 1881 se puso a la venta la primera bombilla, creada por Edison. Su objetivo era que durase lo máximo posible, aunque la asociación de regulación de bombillas Phoebus, que incluía a la mayoría de fabricantes de bombillas de Europa, Estados Unidos y colonias de Asia y África, decidió limitar la duración de las bombillas a 1,000 horas, de forma que los usuarios tuviesen que volver a comprar a su marca de confianza cada poco tiempo. Los fabricantes sufrían rigurosos controles durante los procesos de producción para asegurarse de que no se saltaban la norma. Algunos de ellos eran multados si se atrevían a ampliar la vida de sus productos. Este se considera la primera referencia a la obsolescencia programada de la historia, y como todos sabemos, es un tema que hoy en día no se ha solucionado. Hace poco nos enterábamos de que un equipo de investigadores había creado una bombilla que no se fundía nunca, aunque la noticia se disipó pronto. No podemos negar que la durabilidad de los productos que utilizamos es muy importante desde el punto de vista ambiental. Hasta la segunda mitad del siglo pasado los equipos y bienes de consumo se consideraban algo que debía durar ya que se invertía mucho dinero en ellos y debían estar en uso tanto tiempo como fuera posible, para nuestra generación era muy normal que una estufa, un refrigerador o un radio durara más de 20 años, y luego llego la obsolescencia programada como el intento por parte del fabricante de un bien, de reducir el ciclo de vida de un producto para que el consumidor se viera obligado a adquirir otro similar. Uno de los primeros en estudiar este fenómeno fue Vance Packard en su obra The Waste Makers. En ella menciona que existen varios tipos de obsolescencia programada, por ejemplo la psicológica muy común en la industria de la moda, y cada vez más, en los bienes de consumo, la tecnológica que es la actualización continua y rápida de productos de computación, de entretenimiento o de telefonía móvil. Algunos objetos han ido perdiendo resistencia a lo largo de los años o que incluso se fabrican con un número de funciones programadas. Un ejemplo son las impresoras, que según varios estudiosos contienen información para dejar de funcionar cuando han hecho un número de impresiones. Muchos consumidores se quejan de que los celulares que se fabrican actualmente tienen una duración limitada que muchas veces va en función de la garantía o del software que el fabricante ofrece. Las quejas se enfocan en que una vez que la garantía expira éste deja de funcionar correctamente y la única solución es adquirir uno nuevo por un elevado precio. Esto significa un nuevo gasto al que es difícil hacerle frente. Los defensores dicen que este fenómeno favorece el desarrollo del mercado, ya que permite un flujo de compra constante y por lo tanto una mayor oportunidad para la mayoría de las empresas. Parece que nada ha cambiado desde la venta de la primera bombilla, debemos seguir cambiándolas cada cierto tiempo, al igual que los celulares y muchos ni siquiera utilizamos la ropa de otras temporadas. La obsolescencia programada lleva acompañándonos dos siglos, y parece que su avance es imparable. jaimenavarro@tecnyco.com.mx *- El autor es ex presidente de la Federación de Colegios de Ingenieros Civiles de la República Mexicana.

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