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Columnas Contra Corriente

Contra corriente

Mi columna perdida En mi columna anterior, que por un error que marcaba mi computadora no lo pude enviar, trataba el asunto que en este envío escribo. El candidato del PRI, José Antonio Meade se portó como un político verdaderamente superior, al que comúnmente nos tiene acostumbrados en su campaña por la presidencia. Cinco comunicadores de altos vuelos, del grupo Milenio, lo quisieron acorralar en una entrevista, impulsada, debo creer por Carlos Marín, Director Editorial de Milenio. El propio Carlos Marín, Carlos Puig, Azucena Uresti, Héctor Aguilar Camín, Jesús Silva Herzog, y Juan Pablo Becerra Acosta se quisieron “comer vivo” al candidato citado pero este no se dejó Lo destacable de este encuentro entre Meade y cinco magníficos es el hecho de que el tal “Pepe” contestaba a todas las dudas y con abundancia de datos; a todos los cuestionamientos respondía, con agilidad e inteligencia, detalle que difícilmente se deja ver en su campaña. Su verba en su candidatura es tibia. Pero más importante en el tema, es hacer notar como “Pepe” Meade, lograba desesperar a sus engreídos entrevistadores, (disculpe el adjetivo). Se lanzaron sobre él como gatos cazando un ratoncito. El más desesperado y nervioso al parecer, era Carlos Marín, quien lo dijera. Daba la impresión su desesperación que en momentos parecía decir: "¡Bueno, ya!", y cuando así lo lograba sus preguntas y expresiones eran: "Déjenme hablar a mí; denme 'chance'",y cuando así lo lograba, su intervención rayaba en lo ofensivo, echándole en cara persistentemente su priismo, faltándole la serenidad, que debiera ser rasgo de todo intelectual como debemos suponer que es Carlos Marín. Carlos Marín y Carlos Puig fueron en esta entrevista a Meade los más faltos de serenidad y equilibrio para cuestionar al candidato. El momento era preciso y adecuado para acorralar a Meade con verdadera tranquilidad e inteligencia, que fue lo que faltó en estos dos sobre todo. Pero Aguilar Camín cayó en las mismas preguntas aberrantes con fuertes deseos de ponerle una tunda al entrevistado. Con cierta frecuencia José Antonio Meade colocaba su brazo y su mano sobre el hombro de Puig para decirle: “Cálmate; déjame terminar; no me arrebates la idea". Aparte de que mucho de ellos se salían torpemente del tema, de la pregunta en cuestión, haciendo una segunda pregunta fuera totalmente de contexto, por lo que fue notoria las veces en que Meade les dijo: "Calma, déjenme contestar". Jesús Silva Herzog se mostraba así mismo como el más intelectual de todos, quien se suponía era capaz de cuestionar a Meade en cuestiones políticas de fondo, sobre todo de carácter ideológico. Azucena Uresti se portó más ecuánime, más cuidadosa y con frecuencia, a pesar de que intervenía, se mostraban atenta a los cuestionamientos. Azucena no fue precisamente agresiva y desesperada como los citados. Juan Carlos Becerra Acosta se mantuvo de hecho al margen, sin dejar de participar. Nunca intentó como el resto citado, "comerse vivo" a José Antonio Meada. * El autor es artista plástico.

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