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Columnas COLUMNA HUÉSPED

Columna Huésped

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Un mundo de apasionadas convicciones En estos días en que todo es brevedad y flujo constante de actualizaciones, las comunidades proliferan, se expanden, se adueñan de los espacios vacíos para proclamar su derecho a tener voz en medio del vocerío del internet, a tener lugar propio para vaciar sus comentarios, intereses y quejas con aquellos que se sienten ligados por temas, proyectos, personajes o discursos. Como muchas comunidades, más que conflictos entre ellas lo que abundan son luchas encarnizadas por el control de sus integrantes, por el liderazgo para que unos sean sus representantes oficiales y los demás sean el coro en que reboten sus discursos, planes, trabajos y tareas por realizar. Aunque hay que reconocerlo: como en toda organización que se respete, junto a los miembros devotos a la causa siempre aparecen, más temprano que tarde, los disidentes, los provocadores, los que proclaman sus verdades incómodas frente a las líneas de acción mayoritarias o establecidas. Eso no significa que los primeros tengan razón siempre o que los segundos nunca estén en lo correcto. Las ideas no son verdaderas por el número de seguidores que creen en ellas, sino por la calidad de las pruebas y argumentos que las avalan. Hace poco escuché que alguien proclamaba que la Tierra es plana con todo el aplomo de un monje medieval. Las idioteces también son bienvenidas si nos ayudan a aclarar qué tan irracionales somos en una era llena de información pero escasa en comprensión cabal de nuestro entorno. O peor: llena de ruido mediático y repetición acrítica de conceptos desmontados hace siglos, pero que mucha gente ignora que son obsoletos y por qué. Tal vez eso sea el principal problema de nuestro tiempo: saber cosas pero no saber su por qué. Proclamar que tal cosa no existe o es un fraude o es un mito mientras se coloca en su lugar un auténtico fraude o una mitología mal construida. En ese sentido, prefiero una contradicción a una verdad mal cimentada, una paradoja a una idea que no logra sostenerse excepto por la ingenuidad de su público y el vozarrón de sus presentadores. Vivimos una era llena de personas que quieren ser líderes aunque sea de su propia sombra, de gente henchida de apasionadas convicciones que creen que ser auténticos es suficiente para tener credibilidad. Como dijera W. B. Yeats, en un mundo sin centro que lo sostenga, es decir, sin una idea universal de lo que somos o queremos ser excepto la ganancia pronta, la ambición desmedida o la fuerza bruta, nuestro camino es el de la confrontación permanente, nuestra realidad es la del conflicto como único acto comunitario. Bajo tales premisas, los habitantes del siglo XXI parecen ciudadanos perdidos en un mundo que ofrece todos los tesoros de la Tierra si dejas de ser humanidad y pasas a ser un cliente más, si olvidas lo que eres como cultura y te vuelves parte del mercado global. No es una horrible opción si hubiera otras opciones, otras posibilidades de progresar o ser felices sin perder lo que te hace único. Y es que las comunidades, sean reales o virtuales, no dejan de ser espacios de confrontación tanto como sitios de trabajo en común. Es decir: arenas para dirimir las políticas de un grupo entre sí. Pero dejando a un lado los conflictos perennes entre quién lleva la batuta y quién es un simple seguidor, entre quién establece una dirección determinada y quién se opone a la misma, las comunidades en que pasamos una buena parte de nuestras vidas son importantes para cada uno de nosotros. ¿Por qué? Porque son el símbolo visual y veraz de nuestras afinidades electivas y afectivas de cara al resto de la sociedad. En todo caso, dicen lo que nos interesa, nos gusta o nos afecta. Hoy ya no importa que las ideas sean locales, regionales, nacionales o internacionales, de cualquier manera y frente a la pantalla de una tableta, celular o computadora, lo que cuenta es el vínculo en sí, ya sea éste emotivo o racional, ideológico o personal. Lo que interesa es el intercambio infinito de información y opiniones, de actos, imágenes y palabras. Lo que vale es que por cada acción haya una reacción inmediata, un comentario, una respuesta. Que lo que digamos tenga repercusiones. Que nuestra visión de las cosas tenga resonancia, incite al diálogo, al debate, al conocimiento de otras personas, de otras maneras de ver lo que a nosotros nos incumbe. Nuestros odios y querencias. Nuestros rencores y empatías. * El autor es escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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