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Columnas COLUMNA HUÉSPED

Columna Huésped

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Billy Wilder y Mexicali Billy Wilder fue uno de los grandes directores de cine del siglo XX. Participó en la industria fílmica de Hollywood desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Wilder fue un judío alemán que llegó como exiliado de la persecución nazi en su propio país, como migrante en busca de mejores oportunidades de vida, a la dorada California. Pero para llegar a la Meca del cine tuvo que entrar por México y vivir varios meses en Mexicali en pleno conflicto armado. Este suceso salió a la luz cuando el propio Billy Wilder recibió un Óscar honorífico por su trayectoria, en la famosa ceremonia de estos premios, en la década de los años 80 del siglo pasado. Y es que en su discurso de aceptación, este director le dedicó el premio al cónsul estadounidense en Mexicali, quien lo atendió en el consulado y le preguntó a qué se iba a dedicar si le otorgaba el permiso para entrar a los Estados Unidos y él dijo que trabajaría haciendo películas. El cónsul lo miró largamente y al final le entregó la visa de entrada. “Sólo le pido”, le dijo, “que haga un par de buenas películas”. Wilder entonces levantó la estatuilla que acababan de entregarle y se la dedicó a ese funcionario que tuvo fe en él. Y yo, que veía la ceremonia y no podía creer que en ella se mencionara a Mexicali, me percaté de que mi ciudad y Hollywood contaban con muchas historias en común, que la capital del entonces Territorio Norte de la Baja California había sido sitio de paso de buena parte de los exiliados europeos que llegaron a Hollywood en aquellos terribles tiempos. Que el cine estadounidense no sería igual sin sus directores, actores, editores y técnicos extranjeros, toda esa oleada de polacos, alemanes, franceses, españoles, italianos, suecos y griegos, muchos de ellos judíos como el propio Wilder, que dieron a Hollywood su trabajo y empeño sin mirar atrás, comprometidos en hacer del cine su casa, su escudo, su fortaleza. En el caso de Wilder, él fue un observador cáustico de la condición humana en el mundo moderno, al que no se le pasaban las contradicciones habituales entre lo público y lo privado, entre los roles sociales de hombres y mujeres, entre los rituales de seducción y apareamiento disfrazados de fiestas, vacaciones y cita amorosas. Pero nuestro director no era un crítico moral sino un creador de comedias de enredos, un creador que compartía con su público las ridiculeces a las que la cultura sometía a sus integrantes para hacer pareja. Como buen alemán criado en la república de Weimar, vio a la sociedad estadounidense, con su hipócrita puritanismo, con su atrabancado amor por la fama y el dinero, como una comunidad a la que había que enseñarle algunas lecciones prácticas para el buen vivir, para el mejor hacer. Y esas lecciones fueron, sin duda, sus películas (Sunset Boulevard, The Seven Year Itch, Some Like It Hot, The Apartment), a las que contribuyó como guionista y director de las mismas. Espejos donde el mundo entero podía contemplarse en sus ambiciones y fracasos, en sus deseos y desastres. Historias de aventureros, arribistas, chicas buenas para todo, músicos en plan de escape, viajeros que se topan con otras costumbres en países extranjeros. El chiste era reírse de lo que la gente quiere ser olvidando lo que realmente es. La broma era aceptar que en el piso resbaloso de la vida urbana todos derrapan de una forma u otra. Su cine fue hecho con cínica sabiduría, con gozoso erotismo. Con buenos deseos para tiempos de borrasca. Con risas impenitentes frente a las convenciones sociales. Y pensando en Billy Wilder y su estancia en Mexicali hacia principios de los años cuarenta del siglo XX, me asalta la duda: ¿qué habría pasado si este director alemán no le hubieran permitido entrar a los Estados Unidos? Quizás habría trabajado en la Cervecería de Mexicali, donde muchos de sus compatriotas laboraban. O tal vez se habría asociado con Adolfo Wilhelmy para hacer teatro de vodevil para turistas. Las posibilidades son muchas. Lo cierto es que Wilder tuvo suerte: pidió entrar a los Estados Unidos cuando Franklin Rooselvet era presidente y la política de inmigración le abría las puertas a todos los que pudieran contribuir al fortalecimiento de la democracia. Wilder lo hizo con sus películas y gracias a que en Mexicali encontró a un cónsul al que le gustaba el cine. * El autor es escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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