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Columnas COLUMNA HUÉSPED

Columna Huésped

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En los vaivenes del arte En los vaivenes del arte contemporáneo, cuando el dibujo y la pintura han saltado a las artes gráficas, al mundo de la animación, a los videojuegos, a las aplicaciones digitales; cuando las expresiones creativas ya no son elementos opuestos que se enfrentan entre las galerías exclusivas y los muros públicos, entre lo culto y lo popular, sino que todo se mezcla en una amalgama de conceptos que unifican lo regional, lo nacional y lo global; cuando los prestigios artísticos se impulsan como simples productos a publicitar, la tarea del creador se ha convertido en una labor multifuncional, en un oficio/profesión/promoción sin límites concretos, sin fronteras visibles. De ahí que los merolicos del momento quieren llamar arte a todos los objetos habidos y por haber para aumentar su precio, para establecer su prestigio de cara a una clientela que piensa que el arte es cualquier cosa a su gusto, cualquier diversión a su alcance. El artista se ha vuelto un fenómeno más del circo mediático, una inversión a corto plazo, el cómplice del entretenimiento masivo en las redes sociales. El creador actual vende su obra por la celebridad que disfruta, por la fama que él mismo se inventa para mantenerse vigente en una edad en que todo es efímero, voraz, insaciable, en que todo tiene fecha de caducidad. ¿Cómo podemos saber lo que es el arte cuando la crítica casi ha desaparecido del horizonte cultural de nuestros días y ha sido substituida por lo viral, lo coyuntural, lo trendy? La respuesta, supongo, es que en una época en que todos quieren ser vistos como triunfadores, crear es ahondar en las sombras de la condición humana, en las fisuras y carencias que nos dan identidad, en los tropiezos y quebrantos que llamamos aún destino. Entre las presiones sociales por poner cara de ganadores y lo que la creación misma demanda con franqueza brutal, con lúcida honestidad, el artista no puede negarse a lo que es, sentir lo que siente, confrontar sus propias certezas, pensar al revés de las mayorías que se creen dueñas de la historia, propietarias del mundo. Y aunque el mercado pretenda ser omnipresente, el arte no es una mercancía más a su disposición, sino una discrepancia en el corazón del conformismo prevaleciente, una herida que no deja de sangrar cuando el poder nos dice que no nos preocupemos, que la codicia está bien, que el progreso es la solución a todos nuestros males. Pero el arte es una tarea individual con repercusiones comunitarias, un hallazgo que cimbra los cimientos de nuestra percepción personal y colectiva. Dádiva, don, gracia, el arte es el acto fecundo que lo mismo concita rabia que dolor, veneración y alegría, verdad y locura, embeleso y asco. Cielo que es todos los cielos. Polvo que es todos nosotros. Por eso el arte ilustra en su doble significado: nos enseña a mirar nuestro entorno en todos sus detalles y es ejemplo visual de nuestras quejas y arrebatos, de nuestros trabajos y placeres aquí y ahora. Es la mano que traza signos y las texturas, los claroscuros que va creando ante nuestra mirada. El arte es un viaje a otros mundos, un descubrimiento aterrador, un sueño feliz. Aún en este siglo XXI nos deleita, nos estremece, nos asombra con sus retratos de nuestro tiempo, con su exacta descripción de la oscuridad que somos, de la luz que llevamos dentro. Caldo de cultivo de nuevos ángeles, de viejos demonios. Cosmos que a la vez nos alimenta y devora. Universo en expansión que ante nuestros ojos nace como un soplo de viento, como un destello veraz. El arte de hoy no necesita de la grandilocuencia de antaño para manifestar sus poderes, para compartir su magia. Diáfano espejismo donde los colores reclaman su sitio en la tierra. Banquete fraterno donde todos somos sus impacientes comensales. Escaparate de nosotros mismos en un siglo sin pausa, en una sociedad donde lo vulgar y lo sublime, lo local y lo universal, la fe y el terror van de la mano. El arte, en suma, es tanto un prodigio como una fuerza: es la voluntad de crear algo que sea visible para todos, que ilumine las tinieblas hasta que cuenten su historia, hasta que alumbren un nuevo futuro. Lienzo vacío que cada artista llena a su modo, que cada creador pinta a su manera. * El autor es escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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