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Columnas COLUMNA HUÉSPED

Columna Huésped

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Raúl Navejas Dávila, poeta e historiador Como Daniel Sada, Raúl Navejas, el poeta bajacaliforniano, venía de una estirpe nómada. El andar de un sitio a otro lo consideraba un estímulo para la imaginación. De Mexicali, en donde había nacido en 1956, decía Raúl que el poeta lleva “la ciudad dentro de uno aunque no lo quiera” y que vivir en la frontera era “materia literaria”. Su poesía, según sus propias declaraciones, se ubicaba “entre lo metafísico y lo social”. Lo conocí como un poeta apocado, paranoico, al que se le sacaban las palabras con tirabuzón. Era, sin embargo, otra persona, totalmente opuesta, la que hilaba los versos, casi versículos, de sus primeros poemas publicados. Un hombre sabio que veía más allá de la superficie de las cosas. Un poeta de amplios horizontes intelectuales. Era discípulo de Elías Nandino, el poeta jalisciense. Allí, en el taller de Nandino, Navejas fue compañero de poetas de su generación como Jorge Esquinca y Sergio Cordero. Más tarde vivió en Hermosillo, antes de regresar al solar nativo. Raúl llegó a la UABC como corrector de estilo en la época en que el arquitecto Jorge Núñez era director de Extensión Universitaria. Era un típico corrector: insufrible, meticuloso, quisquilloso. Entonces le vio madera de asistente el historiador Adalberto Walther y se lo llevó al Instituto de Geografía e Historia, en donde se dedicó a escribir artículos de historia regional para la revista Calafia. Había estudiado Letras y Literatura hispánica en la UAG. Lo primero que uno notaba es que Raúl Navejas atraía la calamidad, el desastre. Era propenso a estar en el lugar equivocado en el momento menos propicio. Le tocó recibir golpizas por culpas ajenas. Le tocó accidentarse en el mismo sitio por la misma causa y a la misma hora: por no ver un semáforo en rojo en el Centro Cívico a las 4 de la mañana. Era distraído. La mala suerte lo perseguía como una sombra. Era conservador en usos del lenguaje, por lo que la literatura fronteriza y sus jerigonzas lo escandalizaban. Defendía los buenos modales sobre la libertad imaginativa, las palabras refinadas, modositas, sobre la franqueza norteña. Siempre me pareció un escritor sureño en su apocamiento, en su tradicionalismo exacerbado. Raúl no fue el único poeta mayor en aparecerse en Mexicali en la segunda mitad de los años ochenta del siglo XX. Allí estaba también Eduardo Arellano. Ambos trabajaron en el Departamento de Editorial y Diseño Gráfico de la UABC. A Eduardo le interesaba la poesía, la traducción y la crítica de arte. A Navejas le interesaba la poesía, la cerveza y los antros. Ambos ya no están con nosotros pero dejaron una huella permanente en la literatura bajacaliforniana. Raúl era un personaje contradictorio: podía crear versos de gran sapiencia y no tener más discurso que encogerse de hombros y rascarse la cabeza mientras sudaba profusamente. No era apto para el debate o la disputa intelectual. Se enojaba fácilmente. La ironía y el ingenio no fueron parte de sus atributos. Pero fue un profesor querido y respetado en la Facultad de Ciencias Humanas. Al final de su vida trabajaba en el Archivo Histórico Municipal: había vuelto al mundo de la historia, a la crónica del pasado como refugio del presente. En los últimos años, Raúl había dejado de ser una presencia en el medio artístico de la entidad. En su Facebook daba a conocer sus pensamientos y poemas, pero sus libros publicados eran pocos y estaban fuera de circulación. Como muchos otros poetas bajacalifornianos prematuramente fallecidos (Jorge Alvarado, Eduardo Arellano, Gloria Ortiz, Enrique Nansen), su obra ha quedado dispersa en periódicos y revistas. Y lamentablemente allí se quedará en espera de futuros investigadores de la literatura regional que se dignen rescatarla algún día. Como muchos poetas de su tiempo, Raúl terminó marginado, a la deriva, nadando solo cuando las publicaciones literarias menguaron y los apoyos institucionales se redujeron a los premios estatales de literatura. Para Raúl la vida era un accidente constante, un malentendido. Era poeta pero a veces le daba vergüenza admitirlo. Era editor pero apenas murmuraba sus críticas. Toda su vida se la pasó queriendo hacerse el invisible hasta que fue eso, precisamente, en lo que se convirtió en 2012: un espíritu errante, un fantasma vagabundo. Pero sus poemas siguen vivos, como monolitos en medio del desierto, como recuerdos de un escritor cuyas palabras fueron talladas en piedra y sobreviven a los estragos del tiempo. * El autor es escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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