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Columnas COLUMNA HUÉSPED

Columna Huésped

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Guadalajara y sus remembranzas Estudié Medicina en Guadalajara entre 1975 y 1981. Fui alumno de la Universidad Autónoma de Guadalajara, que era una institución ultraconservadora y con aires fascistas que la hacían todo menos un espacio democrático. En esos años fui un alumno ejemplar y un ciudadano que disfrutaba mi nueva ganada libertad lejos del hogar norteño. Ya conocía Guadalajara por ser la residencia de mis abuelos maternos: Isabel Muñoz y Josefina López, cuya casa visitaba mi familia desde que yo era niño. Así que la capital de Jalisco no me era una urbe desconocida, pero cuando arribé en 1975 tuve que aprender, por las buenas o por las malas, a recorrerla de un lado a otro y sin perderme en una ciudad que tenía casi tres millones de habitantes. La experiencia de aclimatarme a una metrópoli como esa fue aterradora y fascinante a la vez. Vivía en una casa de asistencia (hostal, le llamarían los españoles) junto con una caterva de otros estudiantes de diversas universidades (la Universidad de Guadalajara, la Unison, la Iberoamericana). Esto fue un choque para mí que, siendo hijo único, nunca había compartido plaza con nadie y menos con otros 15 energúmenos que me veían como un 'pocho', como un alumno americano. Pero, como dicen, a todo uno se acostumbra y yo me acostumbré a valerme por mí mismo en un ambiente de competencia despiadada tanto dentro como fuera de mi universidad. Guadalajara es una ciudad encantadora pero los habitantes de la perla tapatía no eran gente a la que le gustaran los “extranjeros” como yo, personas que no contaban con el pedigrí de las familias de abolengo, y por eso me contemplaban como un bárbaro fronterizo ante sus buenos modales de señoritos provincianos y señoritas de linaje europeo. Porque Guadalajara me pareció, desde que llegué a residir en ella, una urbe más provinciana que Mexicali. Y eso ya era decir mucho. Las conductas sociales eran tradicionales. Los comportamientos, porfirianos. Pero lo que desde un principio agradecí de esta metrópoli sureña fue su rica oferta cultural y sus librerías llenas de tesoros por descubrir. En cuanto pude me metí de lleno en su vida artística como espectador. Lo que sigue son algunos de esos momentos de aprendizaje que le debo a esta ciudad lluviosa que aprecio y atesoro en todo su valor, en toda su valía: Las tardes en el Parque Agua Azul, cuando lo visitaba de niño junto a mi madre y mi tía Amparo, con sus chalupas, bandadas de patos y juegos mecánicos, así como las mañanas en los mercados de Guadalajara, especialmente el mercado Corona, con esos pasillos llenos de objetos coloridos y de olores a comidas nunca antes probadas, a hierbas de aromas penetrantes. Las visitas al Templo Expiatorio, con su arquitectura en forma de nave espacial a punto de saltar al espacio, y al Hospicio Cabañas, con su apocalipsis pintado por José Clemente Orozco, donde su hombre en llamas era una imagen más poderosa que todos los efectos especiales de las cintas de Hollywood. La vida en camión: ya como estudiante universitario debía tomar tres camiones para llegar a la Facultad de Medicina. Era una travesía que podía durar entre una hora y media y tres horas, según estuviera el tráfico. Y el tráfico era pesado y lento casi todos los días de la semana. Por lo mismo me quedaba todo el día en la facultad y regresaba a casa hasta que terminaba la última clase. Aprendí a tomar y bajar de esos camiones que, por más que le hacías la parada, nunca se paraban, sólo disminuían la velocidad y allá iba uno brincando para alcanzarlos o saltando a la calle tratando de guardar el equilibrio. Pero, como toda especie en la evolución urbana, aprendí a trepar en los camiones y a bajarme de ellos como un trapecista profesional. Y lo mejor de andar en camiones es que conocí Guadalajara mejor que lo que conocía Mexicali, a la que andaba en automóvil. Por las rutas que tenía que tomar y por la falta de amistades que me dieran aventón, Guadalajara fue un mapa abierto para mí, una cartografía que fui disfrutando en sus calles, rotondas, barrios, sectores y avenidas. A paso de tortuga, si quieren, pero que me dio la posibilidad de advertir todos sus espacios arbolados, rebosantes de colorido. Me ayudo a entender otra forma de vivir la urbe y de conocerla en lo que mejor le daba: su vida apacible, comunitaria, hecha de común acuerdo. * El autor es escritor y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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