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Columnas CAMELOT

Camelot

17 años "Somos lo que hacemos" Escribo este Camelot el 22 de septiembre, fecha en que Emiliano Escipión cumpliría 17 años, no hay día en el que su mamá no añore su presencia, a veces cuando la sorprendo hurgando a la distancia, cuando su mirada se pierde en el infinito sé que es porque ella se imagina caminando tomada de su mano. Emiliano llegó a nuestras vidas un día como hoy del año 2001, primer hijo varón justo después de una hermosa niña llamada Isabella; lo suyo fue ser siempre un guerrero, no pudimos haberle escogido nombre mejor, Escipión, ya que si bien el primero derrotó a Aníbal haciendo posible que Roma se convirtiera en el pilar de Occidente, el nuestro dignificó con su sonrisa diaria la incertidumbre de una enfermedad poco conocida; la muerte lo sorprendió dormido, descansando de una larga jornada mientras yo cuidada su sueño y su mamá acurrucaba las ilusiones de Isabella junto a su almohada. Hoy su hermana sigue sonriendo cada vez que le recordamos los corajes, hermano al fin, que le hacía pasar cuando sin decir palabra alguna, Emiliano tiraba todas las muñecas que, para esa ocasión mamá Isa había dispuesto con todo y un pequeño servició de té. Hay una regla que debería de ser sagrada, que los hijos entierren a sus padres, maldita la cosa cuando una madre tiene que devolverle a la tierra lo que la frialdad de la muerte le arrebató, no hay injusticia más grande, después de ello poco importa cualquier otro dolor, no hay muerte por muy cercana que sea que vuelva a doler igual; cuando se es el caso, como en el mío, en el que la fe es poca o casi nula, el vacío se vuelve mayor; de verdad que no tengo deseo más grande en este mundo que cuando me toque ya no estar más en él, Emiliano guiara mis pasos hacia el camino que él quisiera recorrer. Todos tenemos a nuestros muertos, algunos más vivos, otros más muertos, todos, llegado el momento seremos el muerto de alguien, yo quiero ser un buen muerto para Isa, para Ale, para Francisco y para mis hermanos, quisiera al igual que lo hace Emiliano, arrancarles una sonrisa de vez en vez, para que la pena sea cada vez más llevadera, para que el dolor de una partida sea bien entendido y mejor digerido, para que los buenos recuerdos sean abrumadoramente más que los malos momentos vividos en vida, para que los malos chistes contados sean alguna vez recordados, para que el recuerdo de una voz, a veces chillona, a vez no, la tengan siempre presente diciéndoles lo mucho que los amo, recordándoles cada día de su existencia lo feliz que ellos han hecho la mía. Aunque no nos guste sabemos que nacimos para morir, la maldita suerte es romper con el orden de vivir para ver morir a los suyos, malhaya la hora en que uno de mis ocho hermanos tendrá que enterrar a todos los demás, seguro estoy que en ese momento me dará harto gusto no ser el último, el que tenga que cerrar la puerta habiendo tenido que dar tantos pésames que de seguro habrá perdido la cuenta. Yo por el momento de todos mis muertos vivos, al que más extraño es a Emiliano Escipión, el guerrero más grande que haya existido incluyendo al que derrotó a Aníbal. El autor es empresario, ex dirigente de la Coparmex Mexicali.

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