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Ánforas de vino de hace 2 mil 200 años revelaron que el campo magnético de la Tierra perdió más de 30% de intensidad en solo medio siglo

Un estudio de 24 piezas de cerámica halladas en Jerusalén reconstruyó una caída acelerada del magnetismo terrestre y mostró que las asas selladas de antiguas ánforas pueden fechar procesos arqueológicos con una precisión poco común

Ánforas de vino de hace 2 mil 200 años revelaron que el campo magnético de la Tierra perdió más de 30% de intensidad en solo medio siglo

Hace unos 2 mil 200 años, mientras el vino y el aceite circulaban por el Mediterráneo oriental en grandes recipientes de cerámica, varias ánforas registraron un cambio que sus fabricantes nunca pudieron observar: una caída acelerada en la intensidad del campo magnético de la Tierra.

El registro permaneció atrapado durante siglos en los minerales de hierro de la arcilla. Ahora, el análisis de 24 piezas de cerámica recuperadas en tres yacimientos de Jerusalén permitió reconstruir uno de los descensos geomagnéticos más rápidos identificados para la época helenística.

Los resultados indican que, entre los años 206 y 156-155 a. C., la intensidad del campo magnético terrestre cayó más de 30%. La información fue publicada originalmente por Xataka, con base en una investigación encabezada por especialistas de la Universidad de Tel Aviv, la Universidad Ariel, la Universidad de California en San Diego y la Autoridad de Antigüedades de Israel.

El estudio, publicado en 2026 en la revista científica Archaeometry, analizó 17 asas estampadas de ánforas de vino producidas en Rodas y siete jarras de almacenamiento fabricadas en Jerusalén. Las piezas procedían de la Ciudad de David, el Barrio Judío y la excavación del aparcamiento Givati.

¿Cómo pudieron unas ánforas registrar el campo magnético de la Tierra?

La respuesta está en lo que ocurre con la arcilla cuando es sometida a altas temperaturas.

Durante la cocción de una vasija, los minerales que contienen hierro pueden orientarse de acuerdo con el campo magnético terrestre existente en ese momento. Cuando la pieza se enfría, esa orientación queda conservada en el material.

Ese registro puede permanecer durante miles de años, siempre que la cerámica no vuelva a calentarse por encima de determinadas temperaturas capaces de alterar su señal magnética.

En un laboratorio, los investigadores pueden calentar nuevamente pequeñas muestras bajo condiciones controladas y comparar la magnetización antigua con la generada durante el experimento. El procedimiento permite calcular la intensidad aproximada del campo magnético existente cuando la pieza fue fabricada.

Este método se conoce como análisis de arqueointensidad y forma parte de las técnicas del arqueomagnetismo, un campo que utiliza materiales antiguos para estudiar cómo ha cambiado el magnetismo terrestre a lo largo del tiempo. El trabajo confirmó una caída marcada de la intensidad del campo durante el inicio del siglo II a. C., un comportamiento que ya había sido detectado en otros registros del Levante.

Las asas de las ánforas tenían un dato que permitió fecharlas con precisión

La relevancia de las piezas no depende únicamente de que conservaran una señal magnética.

Las ánforas producidas en la isla de Rodas durante el periodo helenístico solían incluir sellos con información sobre su fabricación. En las asas podían aparecer el nombre del productor y el del magistrado o funcionario que supervisaba la actividad durante un periodo determinado.

Los investigadores explican que estos funcionarios, conocidos como epónimos, eran designados anualmente. Esa práctica administrativa permite reducir el margen de tiempo en el que una pieza pudo ser fabricada.

En términos arqueológicos, esa característica convierte a las asas estampadas de ánforas en una herramienta cronológica de alta precisión.

Mientras otros objetos antiguos solo pueden ubicarse dentro de periodos de varias décadas o incluso siglos, algunas de estas piezas pueden relacionarse con intervalos mucho más estrechos.

Esa combinación —una fecha de fabricación precisa y una señal magnética conservada— permitió a los científicos comparar los cambios del campo magnético de la Tierra con una resolución poco frecuente para un periodo de hace más de dos milenios.

¿Por qué la caída de más de 30% sorprendió a los investigadores?

El análisis mostró que la intensidad del campo magnético disminuyó con mayor rapidez de la que reflejaban algunos modelos utilizados para reconstruir el comportamiento de la Tierra durante ese periodo.

La investigación aporta nuevos puntos de referencia para el Mediterráneo oriental entre los siglos III y I a. C. y respalda la existencia de una caída marcada durante las primeras décadas del siglo II a. C.

Los resultados también fueron comparados con datos procedentes del sur del Levante y los Balcanes.

De acuerdo con el estudio, el comportamiento geomagnético mostró coincidencias a distancias de aproximadamente mil 500 kilómetros, lo que respalda el uso de registros regionales más amplios para desarrollar métodos de datación arqueomagnética.

El hallazgo no significa que el magnetismo terrestre haya quedado registrado solo en estas vasijas. Otros materiales sometidos a altas temperaturas, como cerámica, hornos, ladrillos o estructuras quemadas, también pueden conservar información sobre el campo magnético existente en el momento en que se calentaron.

La diferencia es que pocas piezas arqueológicas cuentan con una fecha de fabricación tan precisa como las ánforas selladas de Rodas.

El magnetismo podría ayudar a fechar objetos cuando el radiocarbono no es suficiente

Una de las principales implicaciones del estudio está relacionada con la datación de objetos y estructuras antiguas.

El análisis de radiocarbono es una herramienta central para la arqueología, pero no puede aplicarse de la misma manera a todos los materiales ni siempre ofrece la precisión necesaria para distinguir acontecimientos separados por pocos años.

El arqueomagnetismo puede funcionar como una herramienta complementaria.

Si los científicos logran construir una curva detallada que muestre cómo cambió el campo magnético en distintas fechas, una pieza de origen incierto podría compararse con ese registro para estimar cuándo fue calentada por última vez.

El estudio señala que las asas de ánforas con fechas estrechas tienen un potencial considerable para desarrollar investigaciones geomagnéticas de alta resolución y también para ajustar la cronología de otras piezas asociadas.

Una jarra reabrió el debate sobre la antigua fortaleza de Acra

Los resultados también tienen implicaciones para uno de los debates arqueológicos de Jerusalén: la ubicación y las etapas de construcción de la fortaleza seléucida de Acra.

La edificación fue ordenada durante el gobierno de Antíoco IV, alrededor del año 167 a. C., en el contexto del control seléucida de Jerusalén.

En 2015, investigadores que trabajaban en la zona del aparcamiento Givati identificaron restos de una rampa defensiva que fueron relacionados con la fortaleza.

Sin embargo, una de las jarras encontradas en la estructura planteó un problema cronológico.

La tipología de la vasija corresponde a una etapa posterior al año 130 a. C., varias décadas después del periodo en que se habría construido la Acra original. Su señal magnética también coincide con una fecha de fabricación hacia finales del siglo II a. C.

El nuevo estudio sostiene que la jarra recuperada bajo la rampa es demasiado reciente para vincularla directamente con la construcción original de la fortaleza.

El hallazgo no resuelve por completo dónde estaba la fortaleza de Acra

El dato magnético no cierra el debate arqueológico.

La rampa pudo formar parte de una modificación posterior de la estructura original. También existe la posibilidad de que la jarra llegara al lugar después de una primera etapa de construcción.

Por ello, el análisis permite cuestionar una relación cronológica directa, pero no demuestra por sí solo que la rampa no tuviera ningún vínculo con la fortaleza.

Los propios resultados deben interpretarse dentro de las limitaciones de la investigación. La muestra estuvo formada por 24 piezas: 17 asas de ánforas y siete jarras locales. Los autores señalan el potencial del método, pero ampliar la curva geomagnética regional requiere más materiales de otros periodos y yacimientos.

El estudio muestra cómo objetos fabricados para almacenar y transportar productos pueden conservar información sobre procesos que ocurrieron a escala planetaria. En este caso, unas antiguas ánforas de vino no solo ayudaron a reconstruir rutas comerciales y fechas arqueológicas: también conservaron durante más de dos milenios una señal del cambiante campo magnético de la Tierra.

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