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Un psicólogo explicó que la soledad no siempre es estar sin gente, sino vivir rodeado de otros sin poder comunicar lo que sentimos o pensamos, una experiencia silenciosa que afecta a millones incluso en la vida moderna hiperconectada

La reflexión del psicólogo ayuda a entender por qué muchas personas se sienten aisladas incluso rodeadas de otros y por qué la incomunicación emocional se ha vuelto uno de los malestares más comunes de la vida actual.

Un psicólogo explicó que la soledad no siempre es estar sin gente, sino vivir rodeado de otros sin poder comunicar lo que sentimos o pensamos, una experiencia silenciosa que afecta a millones incluso en la vida moderna hiperconectada

La soledad no siempre tiene que ver con la ausencia de personas. A veces aparece incluso en espacios llenos, cuando lo que pensamos, sentimos o creemos importante no logra ser entendido por quienes nos rodean.

Esa fue una de las reflexiones más claras y vigentes del psicólogo Carl Gustav Jung, pionero de la psicología profunda, quien dejó una frase que sigue resonando hoy:

La soledad no proviene de no tener gente alrededor, sino de ser incapaz de comunicar las cosas que a uno le parecen importantes”.

Esta idea, desarrollada a partir de su propia experiencia personal y profesional, ofrece una mirada distinta sobre un fenómeno que hoy preocupa a la salud pública y a la vida cotidiana de millones de personas.

Una soledad que Jung conoció desde la infancia

Jung no habló de la soledad desde la teoría pura. La vivió. Fue hijo único hasta los nueve años, un niño introspectivo, con un mundo interior intenso, que pasaba largos periodos jugando solo y refugiado en su imaginación.

En sus escritos autobiográficos relató que esos momentos no solo marcaron su infancia, sino que se transformaron con el tiempo.

En la juventud, la soledad se volvió más pesada por los secretos que sentía que debía guardar; en la adultez, se convirtió en una presencia constante, ligada a su forma de ver y comprender la mente humana.

Para Jung, la soledad podía aparecer incluso rodeado de personas, cuando no existía un verdadero entendimiento emocional o intelectual. Foto: Canva

La soledad que no depende de la compañía

En su obra Recuerdos, sueños, reflexiones, Jung explicó que una persona puede estar rodeada de gente y aun así sentirse profundamente sola. No por falta de vínculos, sino por la imposibilidad de compartir aquello que considera esencial.

Para él, la soledad surge cuando las ideas, valores o percepciones propias no encuentran eco, cuando lo que se quiere decir parece incomprensible, irrelevante o incluso inaceptable para los demás. Es un aislamiento que no es físico, sino comunicativo.

La soledad en el siglo XXI: un problema distinto

Hoy se habla mucho de la soledad no deseada. La Organización Mundial de la Salud la considera un problema de salud pública, asociado a la falta de espacios de convivencia, al aislamiento social y a la desconexión comunitaria.

Esta forma de soledad afecta especialmente a jóvenes y adultos mayores. En unos, la comunicación digital no logra sustituir el contacto cercano; en otros, el aislamiento se ve reforzado por la dificultad para adaptarse a los entornos tecnológicos.

Sin embargo, la soledad descrita por Jung es distinta. No depende de cuántas personas haya alrededor, sino de la sensación de no ser comprendido.

La psicología moderna retoma estas reflexiones para explicar formas de soledad ligadas a la incomunicación y la falta de conexión profunda. Foto: Canva

Aislado por lo que se piensa y se sabe

Jung dejó constancia de esta experiencia con palabras directas:

De niño me sentía solo, y aún lo estoy, porque sé cosas y debo insinuar otras que, aparentemente, los demás desconocen y, en general, prefieren no saber”.

Aquí aparece una idea clave: cuando lo que una persona observa, piensa o entiende no encuentra espacio para ser escuchado, la soledad se vuelve más profunda. No es silencio voluntario, es falta de recepción.

¿A quiénes afecta esta forma de soledad?

La psicología ha identificado varios perfiles en los que este tipo de aislamiento es frecuente.

Personas con altas capacidades

Quienes tienen altas capacidades suelen desarrollar un pensamiento más rápido y con mayor número de conexiones entre ideas.

Esto facilita el aprendizaje, pero también puede generar distancia, ya que no siempre encuentran con quién compartir ese modo de ver el mundo.

Los “otrovertidos”

El psicólogo Rami Kaminski introdujo el concepto de “otrovertido” en su libro El don de no encajar. Se trata de personas que pueden integrarse socialmente, incluso ser aceptadas o populares, pero que aun así se sienten fuera de lugar.

No es falta de habilidades sociales, sino una sensación persistente de no encajar del todo, en una cultura que valora la pertenencia por encima de la autenticidad.

Situaciones personales y culturales

Mudarse a otro país o adaptarse a una cultura distinta también puede provocar este tipo de soledad. No solo cambia el idioma, cambian los códigos, las prioridades y las formas de relacionarse, lo que puede generar una distancia difícil de salvar.

Sentirse incomprendido, más que estar físicamente solo, es una de las experiencias de aislamiento más frecuentes en la vida contemporánea. Foto: Canva

Tender puentes cuando sentirse solo no es una opción

No existe una solución única para esta soledad. Cada caso es distinto. Aun así, la psicología señala algunas herramientas útiles para reducir esa distancia:

  • Hablar, incluso de forma gradual, sobre lo que normalmente se calla.
  • Elegir los espacios adecuados para expresarse, entendiendo que no todos los lugares son seguros para hacerlo.
  • Buscar puntos en común, aunque sean pequeños, como punto de partida.
  • Priorizar la emoción, no solo la razón, en las relaciones.
  • Pensar en el otro, en cómo acercarse desde lenguajes universales como el afecto o el humor.
  • No forzarse, aceptar que no todos los entornos permitirán conexiones reales.

Una reflexión vigente

La mirada de Jung sobre la soledad sigue siendo actual porque no se centra en la ausencia, sino en la incomprensión. Nos recuerda que sentirse acompañado no siempre depende del número de personas alrededor, sino de la posibilidad real de compartir aquello que da sentido a lo que somos.

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