Estrés crónico: cómo afecta al cuerpo y qué se puede hacer para reducir sus riesgos
El estrés crónico mantiene al cuerpo en alerta constante y eleva de forma sostenida el cortisol y la adrenalina.

El estrés crónico se ha convertido en un problema de salud pública. Está presente en trabajos exigentes y en contextos sociales de presión constante. Mantiene al cuerpo en alerta permanente y expone al organismo a niveles elevados de cortisol y adrenalina. Investigaciones recientes advierten que esta situación puede provocar daños en el cerebro, el corazón y el sistema inmunológico. El fenómeno afecta a adultos de todas las edades y se observa tanto en grandes ciudades como en comunidades rurales.
A diferencia del estrés puntual, que cumple una función de supervivencia, el estrés sostenido rompe el equilibrio del cuerpo. Su impacto no se limita a sensaciones de cansancio o tensión. Involucra cambios profundos en sistemas clave para la salud diaria y a largo plazo.
¿Qué es el estrés crónico y por qué es un problema?
Ante una amenaza, el cuerpo libera cortisol y adrenalina para responder con rapidez. Este mecanismo es útil en situaciones breves. El problema surge cuando la activación se mantiene durante semanas o meses.
En el estrés crónico, el organismo no logra volver a un estado de calma. Esto genera alteraciones en la frecuencia cardíaca, la presión arterial, el metabolismo y la función inmune. Estudios publicados en la Revista Finlay señalan que el estrés prolongado produce un “desequilibrio neuroendocrino-inmunológico” que debilita las defensas y modifica procesos básicos del cuerpo.
Impacto del estrés crónico en el cerebro y la memoria
El cerebro es uno de los órganos más afectados. El exceso de cortisol reduce la neuroplasticidad y daña áreas como el hipocampo y la corteza prefrontal. Estas zonas están relacionadas con la memoria, la concentración y la regulación emocional.
Según la Revista Finlay, este proceso se asocia con olvidos frecuentes, dificultad para mantener la atención y cambios en el estado de ánimo. Además, el estrés sostenido induce inflamación en el sistema nervioso central, lo que incrementa el riesgo de trastornos cognitivos y psiquiátricos.
Estrés crónico y falta de sueño: un riesgo silencioso
El descanso también se ve comprometido. El estrés interfiere con el sueño profundo, fase en la que actúa el sistema glinfático, encargado de eliminar toxinas del cerebro.
Cuando el sueño es insuficiente, se acumulan proteínas como la beta-amiloide, vinculada con enfermedades neurodegenerativas. Investigadores advierten que la falta de sueño reparador puede acelerar procesos asociados con el Alzheimer y otras alteraciones cognitivas.
Daños en el sistema inmunológico y riesgo de enfermedades
Una revisión de 2025 en International Journal of Molecular Sciences explica que el estrés crónico altera el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA). Esta disfunción genera resistencia a los glucocorticoides y favorece un estado proinflamatorio.
Como resultado, se incrementa el riesgo de enfermedades autoinmunes y crónicas en distintos sistemas, como el cardiovascular, digestivo y musculoesquelético. El artículo subraya que el desequilibrio del eje HPA es un vínculo central entre el estrés y la alteración inmune, y destaca el manejo del estrés como una posible vía terapéutica.
Corazón y metabolismo bajo presión constante
El sistema cardiovascular también sufre consecuencias claras. El estrés sostenido eleva el riesgo de hipertensión, arritmias e infartos. De acuerdo con el Journal of Molecular and Cellular Cardiology, solo diez días de exposición a situaciones estresantes pueden activar procesos inflamatorios en las células del corazón.
En paralelo, el metabolismo se desregula. Aumentan los niveles de glucosa en sangre y la acumulación de grasa abdominal. Estos cambios elevan el riesgo de diabetes tipo 2 y obesidad, ya que el cuerpo pierde la capacidad de manejar la energía de forma adecuada.
Efectos en digestión, músculos y piel
El estrés crónico debilita la respuesta inmune al suprimir la función de linfocitos y anticuerpos. Esto retrasa la cicatrización y agrava enfermedades reumatológicas, según la Revista Finlay.
En el sistema digestivo, la alteración del flujo sanguíneo y de la motilidad intestinal provoca reflujo, gastritis y colon irritable. La comunicación entre intestino y cerebro se afecta, lo que puede intensificar la ansiedad. A nivel muscular, la tensión persistente genera dolor en hombros, cefaleas y fatiga, con riesgo de evolucionar a fibromialgia. La piel y el cuero cabelludo también pueden presentar acné, dermatitis y caída del cabello.
¿Cómo prevenir y reducir el estrés crónico?
La prevención requiere cambios prácticos en la vida diaria. La Revista Finlay indica que el ejercicio, la meditación y una alimentación equilibrada pueden reducir el cortisol hasta en un 30%.
Realizar actividad física al menos 150 minutos por semana, como caminar, correr o nadar, mejora la salud cardiovascular y reduce la inflamación. La meditación y la respiración profunda activan el sistema parasimpático. Dedicar diez minutos diarios a estas prácticas puede disminuir los síntomas de estrés en un 28%.
Mantener horarios de sueño regulares, evitar pantallas antes de dormir y seguir una dieta mediterránea ayuda a mejorar el descanso y la salud cerebral. El consumo de pescados con omega-3, nueces y frutas contribuye a reducir la inflamación y fortalecer el sistema inmune.
El papel del entorno y la organización personal
El entorno social también influye. Caminar en espacios verdes, participar en comunidades activas y organizar mejor las tareas reduce la sensación de sobrecarga y aislamiento. Herramientas como los relojes inteligentes permiten monitorear el ritmo cardíaco y detectar señales de alerta tempranas.
Adoptar varias de estas estrategias de forma combinada puede reducir entre un 30% y un 50% los riesgos asociados al estrés crónico, de acuerdo con datos de la Revista Finlay. La clave está en reconocer el problema a tiempo y actuar antes de que el desgaste se convierta en enfermedad.
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