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“Si consigo que todo esté bien, entonces yo también estaré bien”, las personas que siempre intentan resolver todo podrían estar respondiendo a una necesidad relacionada con vínculos y conflictos que quedaron sin solución en la infancia

Ayudar, anticiparse a los problemas y asumir responsabilidades puede parecer solo una forma de ser. Sin embargo, la psicología plantea que detrás de esa necesidad también puede existir una búsqueda emocional más profunda.

Tal vez te ha pasado: alguien te cuenta que tiene un problema y, antes de preguntarle cómo se siente, ya estás pensando en una forma de solucionarlo. Si una relación se rompe, quieres intervenir; si algo funciona mal, te quieres hacer cargo.

Y a veces ni siquiera te pidieron ayuda. Simplemente aparece esa sensación de que deberías hacer algo: resolver, organizar, anticiparte, encontrar una salida. Porque cuando no puedes hacer nada, quedarte de brazos cruzados puede resultar extrañamente incómodo.

Pero quizá la pregunta más interesante no sea por qué algunas personas ayudan tanto, sino qué sienten cuando no pueden hacerlo. Ahí es donde distintas corrientes de la psicología y, particularmente, el psicoanálisis han planteado algunas respuestas.

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¿Y si reparar se aprendió desde la infancia?

Para Melanie Klein, especialista en psicoanálisis, la necesidad de reparar aparece a edad temprana. Cuando el niño comienza a reconocer que la persona que ama es un individuo completo, también puede experimentar culpa por sus propios sentimientos agresivos.

Klein llamó reparación al impulso de hacer algo para restaurar aquello que se percibe como dañado. En su teoría, no se trata necesariamente de algo patológico: reparar puede formar parte del desarrollo emocional y estar relacionado con el amor, la preocupación por el otro y reconocerlo como alguien separado.

El problema aparece cuando reparar deja de ser una respuesta ante una situación concreta y se convierte en una forma de relacionarse con el mundo. Entonces, solucionar puede empezar a proporcionar algo más que el alivio de haber resuelto un problema.

Puede proporcionar la sensación de que “si consigo que todo esté bien, entonces yo también estaré bien”.

La persona que aprendió a hacerse cargo

Hay otra pieza que ayuda a entender esta conducta: la parentificación, un proceso en donde un niño asume responsabilidades emocionales o prácticas que normalmente corresponden a los padres.

En un artículo publicado en 1991 en American Journal of Psychotherapy, M. L. West y A. E. Keller analizaron la inversión de roles entre padres e hijos y lo que describieron como compulsive caregiving: un patrón adulto de cuidar mientras resulta difícil expresar las propias necesidades o pedir ayuda.

La idea resulta reveladora si pensamos en alguien que desde pequeño aprendió a estar pendiente de los demás. Si cuidar a un adulto quedó asociado con mantener el vínculo, esa persona puede aprender que ser quien cuida también es una manera de sentirse segura dentro de una relación.

Así, con el paso del tiempo, puede convertirse en quien organiza, anticipa, contiene y resuelve. No necesariamente porque quiera controlar a los demás, sino porque esa posición le resulta conocida.

Cuando resolver también significa sentirse necesario

Por eso algunas personas pueden sentirse especialmente incómodas cuando no pueden ayudar. Si una parte importante de su identidad se construyó alrededor de ser útil, dejar de solucionar problemas puede sentirse como dejar de tener una función dentro de la relación.

West y Keller plantearon que, en el patrón de cuidado compulsivo que estudiaron, puede existir dificultad para pasar de una relación basada exclusivamente en dar cuidados a otra donde también sea posible recibirlos.

Y ahí aparece una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando ya no hay nadie a quien salvar, cuidar o resolverle algo?

Eso no significa que toda persona servicial haya sido parentificada. Tampoco permite diagnosticar una historia infantil a partir de una conducta adulta. Es una posible explicación psicodinámica, no una regla universal.

Freud y la necesidad de terminar lo que quedó pendiente

Sigmund Freud aporta otra idea importante: la compulsión a la repetición. En el pensamiento psicoanalítico, determinados conflictos pueden reaparecer de manera indirecta en la vida adulta cuando no han sido elaborados.

La persona no necesariamente reproduce exactamente aquello que vivió; puede intentar hacer algo diferente con situaciones que despiertan emociones parecidas. Un niño que alguna vez se sintió impotente ante un conflicto, por ejemplo, podría convertirse en alguien que necesita intervenir cuando aparece uno.

No estaría reproduciendo literalmente el pasado.

Estaría intentando que esta vez el resultado sea diferente.

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Cuando “yo me encargo” se convierte en una forma de existir

Donald Winnicott también ofrece una perspectiva relacionada. Su concepto de falso self describe una organización en la que una persona puede adaptarse excesivamente a las demandas del entorno, hasta amenazar su sensación de vitalidad personal.

Llevado con cautela al caso de quien siempre resuelve, permite plantear otra pregunta: ¿qué queda de la persona cuando no tiene que cuidar, organizar, anticipar o solucionar nada?

Para algunas personas, decir “yo me encargo” puede ser simplemente una expresión de responsabilidad. Para otras, podría formar parte de una identidad construida alrededor de ser indispensables, evitar la impotencia o mantener bajo control aquello que alguna vez se sintió impredecible.

Por eso, desde el psicoanálisis, la necesidad de arreglarlo todo no tiene que ver con querer que el mundo sea perfecto necesariamente. sino que, podría ser un intento de transformar una experiencia de impotencia en una situación donde finalmente sí se pudo hacer algo.

Y quizá por eso resulta tan difícil dejar un problema ajeno en paz: algunas veces, lo que parece una necesidad de arreglar el presente puede estar relacionado con una necesidad del pasado donde, esta vez, algo sí puede terminar de otra manera.

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