La batalla por el sentido de pertenencia
Durante la Copa Mundial de Futbol pasó algo curioso: bastó con una playera verde, un partido de México y dos notas de “Cielito Lindo” para que millones de personas sintieran que formaban parte de algo más grande.

De pronto todos éramos expertos en futbol, incluso quienes seguimos sin entender bien el fuera de lugar, pero lo discutíamos con una seguridad digna de un director técnico; todos estábamos convencidos de que el árbitro se había equivocado, con una convicción que ni el VAR se atrevía a cuestionar: eso es sentido de pertenencia.
Entonces, me surgió una pregunta: ¿cómo es posible que un país pueda generar ese nivel de conexión en cuestión de días, mientras muchas organizaciones no logran construirlo después de años?
La respuesta, creo, no está en que las nuevas generaciones hayan perdido la capacidad de comprometerse, de hecho, nuestro cerebro sigue necesitando exactamente lo mismo que hace miles de años: pertenecer a una tribu; lo único que cambió es que hoy tiene muchas más tribus entre las cuales elegir.
Hace algunas décadas, la empresa ocupaba un lugar muy importante en la identidad de las personas: permanecer 20 o 30 años en una organización era algo relativamente común.
Hoy, en cambio, pertenecemos a muchos lugares al mismo tiempo: familia, amigos, el gimnasio, grupo de corredores, comunidad en redes sociales, una causa, un emprendimiento... y cuando alcanza el tiempo, también al trabajo; la empresa dejó de ser el centro automático de pertenencia.
A esto se suma otro cambio importante: diversos estudios sobre el entorno laboral muestran que el compromiso sigue siendo uno de los mayores retos para las organizaciones; las nuevas generaciones no están menos comprometidas con el trabajo, simplemente son mucho más selectivas sobre con quién quieren comprometerse.
No disminuyó la capacidad de ser leales: aumentaron los requisitos para entregar esa lealtad; hoy esperan aprender, crecer, encontrar líderes en quienes confiar, trabajar en organizaciones coherentes y sentir que lo que hacen tiene un propósito.
Las redes sociales también han cambiado nuestra percepción: al abrir el teléfono hay alguien que aparentemente gana más, trabaja menos, viaja más o ya fundó su tercera empresa antes de cumplir 30 años; vivimos comparándonos con historias que muchas veces, sólo muestran los mejores momentos.
Desde la neurociencia, esto tiene una implicación muy interesante: las empresas ya no compiten únicamente por atraer talento, compiten por algo mucho más complejo: convertirse en un lugar con el que las personas quieran identificarse.
Porque el sentido de pertenencia no nace de un uniforme, de una taza con el logotipo o de una frase motivacional pegada en la pared que todos dejamos de leer después de la segunda semana; nace cuando un colaborador siente que su opinión importa, su líder lo escucha, su trabajo tiene significado y su presencia hace una diferencia.
El Mundial nos recordó que las personas seguimos queriendo pertenecer, emocionándonos con símbolos, rituales e historias compartidas; lo que ya no aceptamos tan fácilmente es pertenecer a cualquier lugar.
Tal vez por eso la pregunta ya no debería ser: “¿Cómo logro que mi gente se ponga la camiseta?”, sino “¿Qué estamos haciendo para que realmente valga la pena ponérsela?”; el sentido de pertenencia no se exige, se inspira. Y si, después de todo… “¿Y si sí?”.
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