MAMÁ DE VOCACIÓN
Entre rutinas, risas y aprendizajes constantes, Peru Gutiérrez comparte la intimidad de una maternidad vivida a plenitud
Ser madre de seis hijos implica una entrega constante, donde cada día trae consigo nuevos retos, emociones y aprendizajes.
En el caso de Peru, la maternidad se vive como un acto profundamente consciente, en el que estar presente no es negociable, aunque no siempre sea sencillo lograrlo.
“Me gusta estar presente siempre en todo, cumplirles, hacerles momentos especiales, pero a veces el tiempo no alcanza…”, comparte.
Esa búsqueda por estar en cada detalle, en cada etapa y en cada necesidad, es uno de los desafíos más grandes a los que se enfrenta; aun así, ha logrado construir una dinámica familiar basada en la practicidad y el amor.
Peru se describe como una mamá relajada, que encuentra en las rutinas una herramienta clave para organizar el día a día.
La paciencia, aunque no siempre perfecta, es otro de sus pilares, así como la intención de educar desde el respeto y la calma.
Con el paso del tiempo, su forma de maternar ha evolucionado hacia una versión más flexible.
Hoy, sin dejar de ser entregada, prioriza disfrutar cada etapa sin la presión de hacerlo todo perfecto.
“He aprendido a soltar un poco más algunas cosas… sigo siendo muy entregada, pero ahora soy más relajada y trato de disfrutar más cada etapa”, explica.
Seis hijos, seis formas de amar
Cada uno de sus hijos ha significado una experiencia distinta dentro de la maternidad, llevándola a adaptarse y crecer junto con ellos; más que repetir fórmulas, Peru ha aprendido a observar, escuchar y responder de manera individual.
Con María, la relación ha sido de complicidad y cercanía, marcada por su madurez; Lorenza, por su parte, atraviesa una etapa muy social, por lo que el acompañamiento se centra en estar pendiente de su entorno y guiarla de cerca en sus decisiones; Luciana le ha enseñado la importancia de ayudar a soltar la autoexigencia, mientras que con Abraham ha sido fundamental ejercer paciencia y ofrecer estructura.
Pablo, en una etapa más sensible, demanda mayor atención y contención emocional, mientras que Isaac le permite reconectar con los inicios de la maternidad, disfrutando nuevamente de lo esencial.
Este enfoque personalizado refleja una visión clara: no existe una sola manera de ser madre; “Cada uno es diferente y necesita cosas diferentes de mí”, afirma.
En medio de todo, el mayor regalo ha sido verlos crecer felices, nobles y seguros; sus aprendizajes han sido constantes: ser más paciente, vivir el presente y entender que, aunque no todo sea perfecto, el amor con el que se hace cada cosa es lo que realmente permanece.
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