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Valdemar Jiménez Solís: la preciada amistad, la escritura imprescindible

Hay muchas palabras para describir a un escritor tanto de cara a la literatura que hace como frente a la sociedad en que desarrolla su obra, pero sólo me viene una palabra a la mente para describir al poeta Valdemar Jiménez Solís (Mexicali, Baja California, 1926-2017) y esa es: amistad.

Por Gabriel Trujillo

Hay muchas palabras para describir a un escritor tanto de cara a la literatura que hace como frente a la sociedad en que desarrolla su obra, pero sólo me viene una palabra a la mente para describir al poeta Valdemar Jiménez Solís (Mexicali, Baja California, 1926-2017) y esa es: amistad. Y en el caso específico de Valdemar, la suya era la amistad como una manera justa, íntegra de escribir, de trabajar, de vivir junto a los demás. Hay que precisar aquí que Jiménez Solís hizo del verso un vínculo, de la escritura, un espacio de convivencia, del periodismo, un puente con sus lectores. Y eso, en estos tiempos de cambios, de zozobra, de incertidumbre, en esta época en que el odio crece y la desconfianza social va en aumento, es el bien más preciado que un artista puede ofrecernos, es el mejor regalo que un creador puede darnos.

Valdemar fue la amistad en movimiento, la fraternidad en persona, el don de gentes que nunca puso barreras de por medio. Un poeta como él no se olvida. Una obra como la suya es un tesoro comunitario, un ágora donde todos cabemos, una página que es fiesta y concierto, santuario y albergue. Crónica fiel y generosa de nosotros mismos. Punto de partida hacia mejores horizontes, hacia destinos más libres, más abiertos, más amables. Recordar a Jiménez Solís es recordar el Mexicali que fuimos, el Mexicali que somos, el Mexicali que queremos seguir siendo: cordial y alegre, justo e igualitario, solidario con los recién llegados, sin zonas doradas ni vanas ostentaciones. Una ciudad de libros y recitales y tertulias. Una ciudad de todos para todos.

Pero Jiménez Solís no es sólo un poeta de lo esencial, de lo regional. Nuestro autor también es un cronista de lo propio: uno que exhibe en sus versos su entorno natural, su ubicación fronteriza, su cultura periférica. Valdemar atiende lo suyo con talento periodístico, con mirada de historiador, con la perspectiva de que hay que hablar de lo que sucede en casa para entender lo que somos como bajacalifornianos que vivimos en la frontera norte mexicana, como residentes por voluntad propia de la América desértica donde prevalece la presencia cotidiana del espejismo, la mirada veraz a la intemperie, el trabajo a destajo para sobrevivir a las inclemencias del clima.

De ahí que la escritura de Jiménez Solís sea un diálogo en marcha, ágora perpetua donde las ideas se comparten, donde los recuerdos se materializan. Punto de encuentro donde conviven por igual la remembranza de personajes, de instituciones y de momentos a celebrar. Espacio de voces disímiles pero unidas por el deseo de que nuestra entidad progrese no sólo en lo económico sino en lo artístico, en lo cultural, en lo educativo. Obra imprescindible para calibrar lo realizado por él como autor nativo de Mexicali, como el primer bardo de nuestra entidad que la vivió desde la penuria, desde las tierras de cultivo, desde el trabajo de sol a sol, desde el orgullo de pertenecer a un país en desarrollo comunal gracias al impulso cardenista de la revolución mexicana.

La obra de Valdemar es obra benefactora como pocas: acude a la crónica, al artículo de opinión, al retrato personal para hacernos ver que Baja California no se levantó sólo con comercios y parques industriales, sino gracias a una comunidad de creadores dispuestos a darlo todo para que hubiera escuelas, bibliotecas, teatros, grupos artísticos. ¿Con qué propósito? Para que entre todos pintáramos, cantáramos, contáramos nuestro tránsito en común en esta región del mundo. Para que entre todos aportáramos nuestros esfuerzos en pro de lo regional, un sitio donde las manifestaciones culturales fueran tanto un conocimiento cabal de nuestro pasado como un trampolín para imaginar mundos mejores.

Por ello, Valdemar dispuso su obra literaria como el profesor normalista que fue, como si estuviera impartiendo una clase a los hijos de ejidatarios del valle de Mexicali: con conocimiento de causa, con ejercicios de aprendizaje, con tareas por hacer. Y una de esas tareas es, en el caso de las generaciones venideras, recordarles quién fue Valdemar Jiménez Solís, qué rico legado nos dejó, qué fascinante herencia es la suya. ¿Y cómo podemos llamar a todo esto? Claro, sin duda, por supuesto: amistad.  

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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