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Existen lecturas, series o películas que llegan por el tortuoso camino del azar, a golpes de imponderables, como si lo persiguieran a uno a pesar de los accidentes o gracias a ellos.

Por Jorge Zepeda

Hay lecturas, series o películas a las que uno llega porque ganaron premios, porque están en boca de todos o porque saltan a la vista en cuanto se abre un periódico o se enciende la pantalla. Pero hay otras que llegan por el tortuoso camino del azar, a golpes de imponderables, como si lo persiguieran a uno a pesar de los accidentes o gracias a ellos. Botellas en el mar que tienen a bien ser escupidas por la ola justo en el momento en que pasamos. Quizá por ello tengo particular aprecio por dos novelas que he podido leer estos últimos días. Ambas llegaron sin que mediara búsqueda alguna, sin saber siquiera de que existieran sus autores. Hallazgos en sesiones de navegación por la web sin más propósito que el alivio que supone procrastinar sin reconocerlo.

No dudo que alguno de los lectores de esta columna haya escuchado o incluso disfrutado de las novelas de Amor Towles y Hernán Díaz; pues resultó que un libro anterior de Towles había sido bestseller unos años antes y Díaz un escritor premiado. Pero asumo que la mayoría comparte la misma ignorancia en la que yo me encontraba hasta que el azar dispuso otra cosa y las metió en mi camino. Una fortuna que ahora desearía compartir con ustedes, en atención a los días de asueto que ofrece la Semana Santa.

La Autopista Lincoln, de Amor Towles (Narrativa Salamandra), es el relato entrecruzado de cuatro adolescentes huérfanos, tres de ellos recién salidos de un reformatorio, que deciden recorrer de costa a costa la Unión Americana en busca, cada cual, de su propio sueño, aunque en realidad tratando de escapar del terrible pasado que llevan a cuestas. La narración contrapunteada es una delicia porque la visión alterna de cada uno de ellos respecto a los incidentes del camino y los peligros que les acechan entre vagabundos y malvivientes, ofrece giros inesperados y una lectura apasionada. 

Es el verano de 1954, los años dorados en los que la sociedad norteamericana vive hipnotizada por su aparente éxito, fascinada por la convicción de representar la cúspide de la civilización. El relato de los cuatro jóvenes y de Sally, su amiga, muestra sin aspavientos ni sentimentalismos los pliegues podridos y los pies de barro de esto que, después de todo, no era el centro del universo.

Y con todo, no se trata de una crítica social ni un llamado a la prescripción moral. Es más bien el entretejido de cinco miradas distintas sobre la vida de los adultos desde un ángulo desacostumbrado. La mirada de todo aquel que entiende que no reúne las piezas para encajar en la sociedad en la que vive, aunque cada uno por una razón distinta. Confío en que los lectores encontrarán en más de uno de estos relatos razones para entender mejor sus propios desasosiegos. O, al menos, coincidir con la reflexión que hace uno de ellos: “Para ambicionar, para enamorarnos, para tropezar tanto y sin embargo seguir adelante, de alguna forma debemos creer que eso que estamos viviendo nunca lo ha experimentado nadie tal como nosotros lo estamos experimentando”. Palabras sencillas, para describir sensaciones nada simples. La atracción que ejercen estas páginas está muy bien ilustrada por la conclusión de la célebre escritora irlandesa Tana French, respecto a esta novela: “Una elaborada y conmovedora indagación de los infinitos e inesperados quiebros que puede dar cualquier viaje. Y Towles lo hace todo sin esfuerzo aparente… en cuanto lo acabé, me entraron ganas de volver a leerlo”.

No obstante su castizo nombre y haber nacido en Argentina y crecido en Suecia, Hernán Díaz es, al igual que Towles, un autor estadounidense. Y si bien Fortuna, su última novela, ha causado sensación y HBO y Kate Winslet preparan una miniserie sobre ella, sugiero comenzar con la espléndida A lo Lejos (Impedimenta). También un relato de viaje del pasado norteamericano, pero en este caso a fines del siglo XIX, entre la fiebre del oro y la construcción de ferrocarriles en el viejo Oeste. Un western que según los críticos remite a los relatos de Cormac McCarthy y también a Tarantino, aunque yo me quedo con la sensación de un Robinson Crusoe en los desiertos del viejo Oeste en lugar de una isla perdida. En ambos casos es una historia de soledad con o sin compañía.

Hakan Soderstrom es un joven sueco salido de una granja de la Escandinavia profunda que con su hermano deciden escapar del hambre y embarcarse con destino a Nueva York. Ignorantes del mundo y sus idiomas, se pierden en el puerto de partida y Hakan desembarca sólo en la costa Oeste. Convencido de que su hermano mayor está en Manhattan, emprende la imposible odisea de cruzar el país entre bandoleros, apaches, buscadores de oro, prostitutas, expedicionarios y cazadores de pieles. El adolescente carece de todas las habilidades para sobrevivir en ese mundo brutal y salvaje e irá dando tumbos empujado por codicias y maldades ajenas, mientras se convierte en un hermoso e impactante gigante vikingo, para espanto de unos y fascinación de otros.

Las dos novelas se inscriben en el género de relato de viajes, la llamada road literature, en ambos casos desde la perspectiva adolescente de un mundo adulto que les rechaza y las dos ofrecen una mirada fresca y reflexiva no contaminada. Pero, sobre todo, se trata de dos lecturas apasionantes para recargar baterías en estas vacaciones.

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