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No todo puede ser trabajo

Lo mismo sucede con nosotros: Hemos de entregarnos al trabajo porque el trabajo no es maldición, como aparece en el antiguo mito bíblico, sino bendición grande.

Por . Catón

Avidia, joven mujer recién casada, era lúbrica y lasciva, e insaciable además. Le preguntó a su maridito después de uno más de sus frecuentes episodios de amor: “Dime, Feblonio, ¿qué te gustaría para celebrar nuestro primer mes de casados?”. “Llegar” -respondió él con débil y trémula voz-... Estamos en Nueva Inglaterra, en tiempos de la colonia americana. Salió Abigail de la sala donde fue juzgada por el severo tribunal de puritanos. “¿Cómo te fue con los elders?” -le preguntó una amiga. “Me pusieron una A” -contestó Abigail. “¿De adúltera? -se espantó la amiga. “No -repuso con orgullo Abigail-. De calificación”... El actor le dijo a su colega: “Te propongo que hagamos una obra en tres actos. En el primero se abre el telón, aparezco yo y recito un monólogo. Se cierra el telón. En el segundo se abre el telón, aparezco yo y canto. Se cierra el telón. En el tercero se abre el telón, aparezco yo y bailo. Se cierra el telón”. El otro se desconcertó “Y ¿qué participación tengo yo?” -preguntó amoscado. Replicó el otro: “El telón no se abre ni se cierra solo”... Decían los antiguos que no debe tenerse siempre el arco en tensión. Es menester quitarle la cuerda de vez en cuando, pues si siempre se le tiene tenso el arco se aflojará al final y no podrá ya disparar flechas. Lo mismo sucede con nosotros: Hemos de entregarnos al trabajo porque el trabajo no es maldición, como aparece en el antiguo mito bíblico, sino bendición grande que ennoblece y da sentido a la vida de los hombres. Pero no todo puede ser trabajo. La muy manida frase enseña que “Hay que trabajar para vivir, no vivir para trabajar”. Santa Teresa, gran santa y más grande aun mujer, solía decir una frase llena de sabiduría y sabrosura: “Cuando Cristo, Cristo, y cuando perdices, perdices”. Quería significar que cuando es tiempo de servir hay que entregarse plenamente a la tarea; pero ante una buena mesa o frente a cualquier otra ocasión de gozo humano se debe disfrutar el momento a plenitud y vivir con alegría ese don de la vida. Los mexicanos decimos lo mismo de otro modo más picante y atrevido: “Un rato de Cristo y un rato de pisto”. Trasladadas las cosas al trabajo, de sabios es desocuparse por completo de vez en cuando, es decir, reservarse para sí un día, o una tarde, o una hora siquiera, en que no se va a hacer absolutamente nada, en que estará uno consigo mismo, dueño de sí, gozosamente ocioso. Eso renovará las fuerzas y nos permitirá aplicarnos de nuevo a la tarea con energía mayor para lograr así más buenos frutos. Uglicio, el primogénito de don Mercuriano, era el hombre más feo de la comarca. Cierto día llegó al pueblo una maestra nueva, y a don Mercuriano le gustó para nuera. Luego de un rato de conversar con ella le dijo: “Tengo un hijo casadero. La mujer que lo despose recibirá a manera de dote de un millón de pesos”. La recién llegada mostró interés, y don Mercuriano la invitó a comer a su casa. Después de las presentaciones de rigor, y cuando Uglicio salió un momento, don Mercuriano le preguntó a la profesora: “¿Qué le pareció el muchacho?”. “La verdad, señor -contestó ella-, lo que ofrece usted no es una dote: Es una indemnización”... Pepito discutía con el niño vecino, Juanilito, acerca de la estatura de sus respectivos papás. Cada uno afirmaba que el suyo era más alto. “Mi papá es tan alto -declaró Juanilito- que cuando levanta el brazo toca el cielo”. “Y ¿siente algo blandito?” -preguntó Pepito. “Entiendo que sí -vaciló el otro niño-. Supongo que son las nubes”. “No -replicó Pepito-. Son los éstos de mi papá”. (No le entendí). FIN.

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