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Viene la niebla a la casa, pero la detiene el ventanal. Aun así me aparto de la vidriera, no sea que la neblina entre por alguna rendija y me haga desaparecer también a mí.

Por Armando Fuentes Aguirre

Baja del monte como enorme vaca que viniera a pacer en nuestro huerto.

La neblina. Se unta al paisaje igual que si quisiera borrarlo para siempre. En sus brazos desaparecen los seres y las cosas. Ya no son los pinos ni el caballo ni la gran piedra que señala el límite del rancho. Ya no es el mundo. En medio de la bruma todo es nada.

Viene la niebla a la casa, pero la detiene el ventanal. Aun así me aparto de la vidriera, no sea que la neblina entre por alguna rendija y me haga desaparecer también a mí.

Enciendo la luz de la habitación para alejarla, por más que es aún de día. La niebla no se va. Me acecha, silenciosa, tras el cristal opaco. Para no verla corro las cortinas.

Sé que ahí está. ¿Se irá algún día o quedará ya para siempre? Procuro sosegarme pensando que nada es para siempre. Casi todo es más bien para nunca.

Pero ya no estoy aquí. Estoy en la bruma.

Cuando la niebla se vaya volveré.

¡Hasta mañana!

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