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Columnas

Lágrimas e inteligencia artificial

En un mundo dependiente de la tecnología es infrecuente fomentar cualidades internas nobles, "humanas".

Por Arnoldo Kraus

 Dos noticias recientes muestran realidades diferentes, no contrapuestas. Nada que asombre. Las lecturas sobre la vida son infinitas. Las divergencias, aún en situaciones obvias, sencillas incluso, afloran sin cesar. Nada de qué asombrarse escribí líneas atrás: La polarización es innata a nuestra condición. Historia y tiempo modifican todo. Quizás ahora las discrepancias sean más evidentes. La rapidez siembra y descompone. Hay una relación directa entre conocimiento, movimiento, tecnología y formas de comunicación con las diversas caras de la realidad. Se sabe más, se vive más, se construye y destruye más. Ese cúmulo, conocer y vivir más, ofrece otras lecturas de la realidad.

 Una de las noticias se refería a las bondades de llorar; la nota enaltece el acto de plañir. La segunda se centra en robots que escriben; la información explica el creciente poder de la tecnología sobre nuestras vidas. Lágrimas versus aparatos. Sensibilidad versus ciencia. Escribí dos veces versus. No debería usar esa preposición, pero, la realidad es contundente: En un mundo dependiente de la tecnología es infrecuente fomentar cualidades internas nobles, "humanas". Existe una relación inversamente proporcional entre el auge imparable de la tecnología y la expresión de diversas formas de sensibilidad humana, i.e., empatía, compasión, escucha. Adherirse a la tecnología es vital. Quien no lo hace, por desafecto o pobreza, queda excluido del torrente de la vida. En cambio, estimular la expresión de sentimientos y compartirlos no es necesario para pervivir.

 Una de las noticias incluye un pequeño video de 10 minutos filmado en Japón en donde se observa y se escucha a Hidefumi Yoshida, quien se autodenomina como "Maestro de lágrimas". Yoshida dialoga en un café con la concurrencia sobre las bondades de llorar. De acuerdo a sus ideas, llorar mejora la salud mental y la física. "Yo pienso, dice Hidefumi, que al llorar uno se adentra en uno mismo y se conoce más".

 El segundo texto, publicado con dos días de diferencia en el mismo medio -New York Times-, se intitula ¿Cómo sabes que un humano escribió esto? El autor, Farhad Manjoo, explica: "Las máquinas han adquirido la habilidad de escribir y lo hacen terriblemente bien". A lo largo del texto ofrece datos interesantes y asombrosos para quienes miran con fascinación el crecimiento exponencial de la inteligencia artificial. Para otros, para las personas ancladas en el ser humano "tal y como es” la pregunta es inevitable, ¿qué tanto se modificará en el futuro nuestra especie?".

 Algunos laboratorios dedicados a estudiar la inteligencia artificial han creado modelos capaces de unir palabras y expresar ideas concretas. Los robots fabricados en estos sitios entienden y responden a los seres humanos utilizando el mismo lenguaje. Con el tiempo, continúa la nota, los seres humanos podrán solicitarles a las máquinas lo que desean: Crear programas, escribir cartas, hacer contratos y entrevistas, dialogar e incluso escribir poemas y mandar memes. Todo un dechado de habilidades. Pronto, ya se habla de eso, los robots pensarán por sí mismos e incluso tomarán decisiones motu proprio. Los robots diseñados para acompañar a personas de edad evidencian la posibilidad de suplir afecto gracias a las destrezas de la tecnología.

 Llorar, por algo, por alguien, por un encuentro o una pérdida presupone una dosis de compasión hacia otras personas y por el medio ambiente. La compasión es una virtud moral. Preocuparse por el destino de otras personas y de su sufrimiento son piedras angulares de la compasión. Llorar, como sugiere el "maestro de las lágrimas", se empalma con la compasión, virtud cada vez menos frecuente en la sociedad moderna. No desdeño la inteligencia artificial. Me pregunto, mientras reflexiono en ciencia y la bomba atómica, si tendrá o no límites. Y me pregunto, al unísono, si los robots podrán ser compasivos.

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