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Columnas

Humor dominical

 Vergüenza para el que piense mal. Yo encuentro la historieta más bien ingenua, y aun tierna.

Por . Catón

No faltará quien halle algo de escatológico en el cuentecillo que descorre hoy el telón de esta columna. Honi soit qui mal y pense. Vergüenza para el que piense mal. Yo encuentro la historieta más bien ingenua, y aun tierna. Hela aquí. Pepito le contó a su mamá: “Me llevé la manita a mi culito. Luego me llevé la manita a mi naricita. Y sucedió que no olí absolutamente nada. Una de dos: O tengo Covid o traigo mi culito limpio”.

Eran las 12 de la noche en punto cuando sonó el teléfono del doctor Lepino, pediatra. El que llamaba era un angustiado padre de familia, vecino suyo, que le pidió con tremulosa voz al médico: “¡Doctor! ¡Venga a mi casa de inmediato! ¡El bebé se acaba de tragar un preservativo!”. “Estaré ahí en dos minutos” -replicó el facultativo al tiempo que empezaba a vestirse con premura. En eso el teléfono volvió a sonar. Era el mismo vecino: “Ya no venga, doctor -le dijo tranquilamente al médico-. Hallé otro preservativo”.

Don Poseidón, granjero acomodado, le mostró a su amigo el enorme letrero que hizo poner a la orilla de la carretera que pasaba por su granja. Decía el tal letrero: “Reduzca su velocidad. Campo nuAún coincidiendo con muchos de los anhelos de cambio que abriga Andrés Manuel López Obrador, francamente cuesta trabajo coincidir con él en su embate en contra de las clases medias simplemente porque votaron en su contra en la Ciudad de México.

Decir que estos sectores fueron engañados por la propaganda es utilizar justamente la misma argumentación falaz que esgrimen sus adversarios, al explicar los motivos por los que el 60% de la población aprueba la gestión del Presidente: “Han sido embaucados”. Es muy fácil ser “demócrata” cuando por definición los que no están conmigo carecen de razones y simplemente han sido manipulados, así sean las mayorías.

Aquí se ha dicho que la oposición no podrá constituirse en una verdadera alternativa al obradorismo mientras siga creyendo que sólo le basta “desenmascarar” a AMLO y mostrar a los sectores populares los desaciertos de su Gobierno o la inconsistencia de sus ideas. Lo cual es absurdo, porque no hay ningún misterio en las razones por las cuales los que menos tienen apoyan a un Presidente que intenta hacer algo por la pobreza, la injusticia social y la desigualdad.

PAN y PRI están condenados a fracasar entre estos sectores, en tanto no sean capaces de construir propuestas viables y convincentes de cara a estos problemas y entiendan que el apoyo al obradorismo de parte de las mayorías empobrecidas es absolutamente congruente con lo que está haciendo y diciendo el Presidente y ellos no.

Y en tanto se tenga mal el diagnóstico, los intentos de solución no podrán ser exitosos. Lo mismo vale para la Ciudad de México, en sentido opuesto. Sea por diseño político o por inclinación personal, el Presidente decidió priorizar a tal punto la lucha contra la pobreza que optó por dejar de lado otras reivindicaciones progresistas.

Pero lo que parecía una decisión táctica, terminó convirtiéndose en una posición ideológica; en algún momento comenzó a desdeñar las otras banderas e incluso a enfrentarse a ellas. Algo inexplicable, porque en la luna de miel que se había extendido 25 años entre los sectores medios de la capital y el movimiento político que hoy encabeza López Obrador, estaban emparentadas agendas de justicia social con las del movimiento feminista y diversidad sexual, temas de medio ambiente, acceso y difusión de la cultura, activismo por los derechos humanos y un largo etcétera.

En todos estos aspectos, la Ciudad de México fue punta de lanza para el resto del País al mismo tiempo que se convirtió en bastión político de la izquierda representada por el PRD primero y por Morena después. Podría explicarse que las políticas públicas de la 4T se concentren en la más urgente de las necesidades, pero el abandono presupuestal sistemático de todas las demás y luego la confrontación explícita por parte del Presidente, provocaron una ruptura absurda en esa alianza implícita.

Y lo que vale para la oposición es aplicable ahora a Palacio Nacional: Asumir que no hay razones para el voto en contra y creer que obedece exclusivamente a la manipulación, es errar el diagnóstico y, por ende, cualquier posibilidad de solución. Esta explicación del Presidente tiene algo de reacción anímica y mental a lo que probablemente interpreta como una puñalada por la espalda de parte de sectores que consideraba leales. Pero más me preocupa que esta descalificación a los sectores medios vaya acompañada de expresiones que mistifican la pobreza, como si sólo en ese estado se es sabio y justo. Hay un atisbo peligrosamente milenarista, anti intelectual y rural.

El viernes pasado señaló que es en la ciudad donde la gente se convierte en fácil presa de la propaganda y que los que tienen licenciatura e incluso doctorados, seguramente lectores de Reforma, suelen tener “actitudes aspiracionistas, triunfar a toda costa, salir adelante, muy egoísta”. Quisiera pensar que son palabras improvisadas llevadas por la molestia y la irritación y no un manifiesto de su visión del mundo.

Tomadas literalmente afirmarían no sólo que los sectores medios fueron engañados, sino que hay algo intrínsecamente deshonesto en pertenecer a la clase media, en tener títulos universitarios o en poseer aspiraciones para mejorar la situación propia y de la familia.

Siempre habíamos creído que la desigualdad social se combatía mejorando la situación de los que menos tienen; o que una sociedad más igualitaria sería aquella en la que hubiera más sectores medios y menos ciudadanos en los extremos de la opulencia y de la miseria.

Cuesta trabajo creer que el Presidente quisiera justo lo contrario, que los que tienen un poco más dejen de tenerlo para así convertirse en mejores personas. Y sin embargo, eso es lo que se deriva de sus extrañas explicaciones. Ojalá que se trate de un planteamiento desafortunado, en el intento de justificar un fenómeno, el sufragio adverso de los sectores progresistas que antes votaban a su favor; algo que debería llevar a la reflexión y a la autocrítica, y no a esta absurda defensa.

El obradorismo no debería estar confrontado con los sectores medios progresistas que también desean una sociedad más justa. Hay mucho que reparar y puentes que reconstruir. No es un buen comienzo acusarlos de ser peleles de la propaganda o reclamarles por el hecho de no vivir en la miseria.

El amor a los pobres no debería confundirse con el amor a la pobreza, no si es que queremos salir de ella. dista a un kilómetro”. Le explicó. “Desde que puse este cartel los automovilistas manejan mucho más despacio al pasar por aquí, y ya no me han matado ni una gallina ni un marrano”. El huevito se casó con la huevita.

En la suite nupcial donde pasarían la noche de bodas ella se presentó ante su desposado vistiendo sólo un vaporoso negligé que dejaba a la vista sus bellas y redondeadas formas. Él la contempló, arrobado, y luego se cubrió la cabeza con una de las almohadas del lecho. Le preguntó, asombrada, la huevita: “¿Por qué haces eso?”. Respondió el huevito, asustado: “La última vez que me puse así de duro alguien me golpeó todo con una cuchara”. Doña Macalota y su esposo don Chinguetas fueron al Museo de Arte. Al término del recorrido la señora le comentó a su cónyuge: “¿Te fijaste qué grandes tenía las bubis esa estatua de mármol con un desnudo de mujer?”.

Replicó don Chinguetas: “Deja tú lo grandes. Lo frías”. Afrodisio le contó a su compañero de la oficina: “Anoche vi a tu esposa en una fiesta”. Repuso el otro: “No creo que haya sido mi esposa”. “Sí que lo era -reafirmó Afrodisio-. La conozco perfectamente; su rostro es inconfundible”. “A ver -inquirió el compañero-. ¿Qué ropa llevaba?”. “No lo sé -declaró Afrodisio-. Me salí de la fiesta antes de que los invitados se vistieran”.

Eran casi las 9 de la noche, y don Algón no llegaba a su casa. Su esposa lo llamó por teléfono, y contestó la asistente del ejecutivo. Le dijo la señora: “Mi marido se está tardando mucho”. Replicó, exasperada, la muchacha: “Y esta interrupción no va a ayudar a que se tarde menos”. El padre del muchacho adolescente sostuvo con su hijo una conversación de hombre a hombre. Le dijo: “Tienes razón, Acnerito. Eso que hiciste anoche es algo propio de tu edad, y no constituye ni un acto anormal, ni un problema sicológico ni un desorden de la personalidad. Pero no debes hacerlo delante de las visitas”.

A los 4 años el éxito consiste en no hacerte pipí en los pantalones. A los 7 años el éxito consiste en ser capaz de vestirte tú solo. A los 15 años el éxito consiste en tener amigos. A los 20 años el éxito consiste en tener sexo. A los 35 años el éxito consiste en ganar dinero. A los 50 años el éxito consiste en ganar dinero. A los 60 años el éxito consiste en tener sexo. A los 70 años el éxito consiste en tener amigos. A los 75 años el éxito consiste en ser capaz de vestirte tú solo. A los 80 años el éxito consiste en no hacerte pipí en los pantalones. FIN

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