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Columnas De política y cosas peores

En contra de la remoción del Presidente

La superiora del convento decía de una de sus monjas: “La pobre es rematadamente tonta. No tiene cura”.

Por Catón  

La superiora del convento decía de una de sus monjas: “La pobre es rematadamente tonta. No tiene cura”. Himenia Camafría y Celiberia Sinvarón, maduras señoritas solteras, iban por la playa y vieron a un guapo y musculoso joven que hacía “lagartijas” en la arena. Con acento de pesar exclamó Himenia: “¡Qué movimientos tan desperdiciados!”. Sucedió en tiempos de la antigua normalidad. Babalucas entró a una tienda de conveniencia y le preguntó al encargado: “¿Hablas inglés?”. Respondió el muchacho: “Un poco”. “Qué bueno -se alegró el badulaque-. Entonces me entenderás si te digo que me des un six de cerveza”.

Cuando llegué a los 130 dejé de contar. Hablo de los mensajes que por diversas vías recibí a propósito del artículo en que manifesté mi oposición a quienes buscan la remoción de López Obrador. La opinión de mis cuatro lectores fue unánime. ¡Pero en mi contra! Jamás había recibido un alud semejante de mensajes opuestos a mi punto de vista. Todos, debo decirlo, fueron respetuosos, comedidos -lo cual agradezco-, pero todos igualmente se mostraron contrarios a la idea que expresé en el sentido de que mayores males provendrían de la salida anticipada del Presidente que del mantenimiento de la regularidad constitucional en lo tocante al cambio de poderes. Recordaré una anécdota. A mediados del pasado siglo murió en mi ciudad un jotito. (El uso de este vocablo es indebido, lo sé bien, pero en aquellos años era el más piadoso y menos ofensivo para designar a un homosexual). Los amigos del desaparecido -ningún familiar tenía el pobre- hicieron publicar en El Heraldo del Norte, periódico local, un obituario que empezaba así: “Con pena y todo participamos el fallecimiento.”, etcétera. Pues bien: Con pena y todo, y con el mismo respeto y comedimiento que mis cuatro lectores me mostraron, diré que mantengo en todos sus términos la opinión que en aquel artículo expresé, y que seguiré oponiéndome a los movimientos tendientes a remover de su cargo al Presidente antes del término de ley o de algún plebiscito legítimo mediante el cual la mayoría de los ciudadanos demande su salida del poder. Sostendré mi postura mientras AMLO no incurra en algún exceso que rompa la vigencia del orden constitucional o ponga en grave riesgo la integridad jurídica, política o social de la Nación.

Lamento disentir de quienes me hacen el honor -y el favor- de leerme, pero lo menos que puedo hacer para estar a su altura es entregarles mi pensamiento con sinceridad y rectitud, aun sabiendo -lo dije en aquel artículo- que mi punto de vista es debatible. Al escribir pienso en el bien de México, y creo que en este momento de nuestra vida pública derivarían mayores males de la ruptura de la regularidad constitucional que de los desatinos de López Obrador, a no ser que llegue el momento en que su régimen vulnere los principios fundamentales en que se finca la Nación -la libertad, la democracia, el orden constitucional- y se vuelva abierta dictadura. Entretanto seguiré señalando los frecuentes yerros del mesiánico y autoritario Presidente que tenemos, sus graves omisiones, su polarizadora verborrea, los anacrónicos dogmas en que finca sus ideas, muchas de ellas aberrantes, y su constante inquina contra aquéllos a quienes llama sus adversarios. Y otra cosa: Con el mensaje de amenaza al Grupo Reforma sabemos ahora que no es el pueblo bueno y sabio el que cuida a López Obrador y el que busca intimidar a sus críticos. La esposa de don Algón llamó por teléfono a la oficina de su marido y le dijo a la secretaria: “Estoy muy preocupada. Mi esposo se está tardando mucho”. Replicó la muchacha respirando con agitación: “Y con estas interrupciones más se va a tardar”. FIN.
 

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