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Cómo Katya nos llevó al cielo

Momentos después de aterrizar se tomó una foto con la nave de Blue Origin de fondo y una sonrisa inmensa, del tamaño del espacio. Katya cruzó el límite del cielo y nos llevó a todos con ella.

Por Jorge Ramos

Muchos de quienes han tenido la oportunidad de ver la Tierra desde el espacio aseguran que la vida les ha cambiado. Es el llamado “efecto perspectiva” (overview effect, en inglés).

Al ver nuestro planeta tan pequeño, frágil, hermoso y sin fronteras visibles, surge el instinto de pensarte como parte de un todo y se activa un deseo de volver al planeta a hacerlo un poco mejor. Katya Echazarreta quería experimentar ese fenómeno.

Ella es la primera mujer mexicana en ir al espacio. Hace unos días se trepó en Texas en una nave de Blue Origin y en poco más de 10 minutos hizo historia, y, al hacerla, le abrió el camino a otras mujeres al Sur de Estados Unidos.

“¡El espacio es hermoso y el planeta Tierra es la mejor vista de todas!”, escribió después de aterrizar en su cuenta de Twitter.

Se divulgó una imagen de Katya dentro de la nave -en uno de esos momentos de ingravidez después de alcanzar los 100 kilómetros de altura- en que su sonrisa parece decir: “Soy la persona más feliz del mundo” o, más bien, arriba del mundo.

Y llegar hasta ahí no fue fácil. “Cada persona que va al espacio, cada persona que logra ver lo que hay a la vuelta de la esquina”, dijo el astronauta estadounidense Mike Massimino, “es alguien con la posibilidad de ayudar a cambiar nuestra perspectiva, nuestra relación con la Tierra, nuestra comprensión del lugar que ocupamos en el universo.

Esa es la razón por la que vamos al espacio, para empezar”.

La historia de Katya, quien ya vio lo que “hay a la vuelta de la esquina”, de algún modo, refleja los esfuerzos de las personas que han tenido que migrar de sus países de origen para adaptarse y florecer en otras fronteras.

Y su éxito tiene una importancia adicional: La representación de las mujeres latinoamericanas con anhelos grandes. Hay quienes tienen un “sueño americano”. El de Katya era un sueño espacial que tuvo que pasar, antes, por Estados Unidos.

Ella nació en Guadalajara, México, y a los 7 años emigró con su familia a San Diego, California, debido a que su hermana mayor sufría de una discapacidad mental que requería atención especializada.

“No hablaba nada, nada, nada, de inglés”, me dijo Katya en una entrevista antes del despegue.

“Fue un poco difícil al principio: Se burlan de ti los niños, no entiendes nada en la escuela”. Dijo que no tenía dinero para ir a la universidad, “pero gracias a mi trabajo y a mi esfuerzo me dieron dos becas”.

Así logró asistir a la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) y luego empezó a trabajar en la NASA y a estudiar una maestría en la Universidad Johns Hopkins.

Ir al espacio fue otra proeza. Cuando el multimillonario Jeff Bezos creó la corporación espacial Blue Origin en 2000, Katya apenas tenía 4 años y toda vía vivía en México.

El proyecto de Bezos -criticado en ese entonces como la autopromoción de una persona que no conoce límites- sonaba a locura y más aún que una niña de Jalisco pudiera convertirse en astronauta.

“Cuando yo era niña, yo tenía estos sueños”, me contó. “Y desafortunadamente muchas personas me decían que no iba a poder, que personas como nosotros no podíamos estar en lugares como estos”. Katya no les hizo caso.

Ella estuvo buscando ansiosamente la oportunidad de ir al espacio durante un proceso que duró tres años.

Y, junto con sus cinco compañeros de vuelo, fue escogida entre más de siete mil candidatos.

“Yo estaba bien estresada haciendo mis entrevistas, yo di todo lo que pude dar”. Y funcionó: “Decidieron elegirme a mí para esta misión”. Volar en un avión -como estoy haciendo mientras escribo esta columna es una cosa.

Subirse a una nave espacial privada (no de la NASA), cruzar la atmósfera, desafiar la fuerza de gravedad y regresar sano y salvo es otra muy distinta.

A pesar de que una aerolínea me asegura que he volado con ellos más de tres millones de millas -o sea, el equivalente a darle la vuelta varias veces al planeta- aún me asusto en pleno vuelo.

Me sigue sorprendiendo que una mole de acero de varias toneladas y con más de 100 o 200 pasajeros a bordo, pueda flotar. Es uno de los grandes inventos de la humanidad: La ingeniería, física y pericia técnica detrás de cada vuelo es un asombro científico.

Sin embargo, pocas veces me siento tan vulnerable como cuando hay una fuerte turbulencia y el avión se mueve como pluma en el aire. Ingenuamente me agarro del asiento como si eso me fuera a salvar.

Tres o cuatro sustos grandes -entre tormentas y aterrizajes forzosos- sólo refuerzan mis temores a pesar de que sé que volar es más seguro que manejar un auto.

Por eso tenía que preguntarle a Katya si a ella le daba miedo ir al espacio. “No”, me contestó con absoluta convicción. “Yo creo que es porque, como ingeniera, entiendo todas las pruebas y todo el trabajo que va detrás de una misión así. Entonces, gracias a eso, tengo una posición en la que puedo ver esta misión desde esta perspectiva”.

Esta tapatía de 26 años ha utilizado las redes sociales para “cambiar el ambiente para las mujeres en ingeniería y en las ciencias”.

Y yo quería contar su historia porque creo firmemente que, en este momento, mientras leen sobre Katya, hay muchas niñas latinoamericanas que están pensando en ser como ella.

La representación es crucial: Saber que hay otros como nosotros haciendo cosas que parecían imposibles da un poder enorme. Pero primero hay que imaginárselas. Como Katya. “Desde niña he amado el espacio”, me contó. “De hecho, hasta cuando veo películas y se ve la Tierra, me dan ganas de llorar.”

Pero Katya no aparece llorando en Twitter. Al contrario. Momentos después de aterrizar se tomó una foto con la nave de Blue Origin de fondo y una sonrisa inmensa, del tamaño del espacio. Katya cruzó el límite del cielo y nos llevó a todos con ella.

Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, director de noticias de Univision Network. Ramos, nacido en México, es autor de nueve libros, el más reciente es “A Country for All: An Immigrant Manifesto”.

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