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Codicia o avaricia

Para gobernar con sabiduría, el líder debe aprender a identificar y gestionar estas dos fuerzas que lo vuelven irresponsable ante su propio legado.

Carlos  Dumois

El despertar de una Dueñez responsable

El verdadero camino del dueño responsable no se mide únicamente por el valor del capital acumulado, ni por el volumen de ventas o de ganancias al cierre del ejercicio. La Dueñez es, por encima de todo, un llamado a la trascendencia y un compromiso moral con los colaboradores, con la comunidad y con el futuro.

Sin embargo, en la travesía de todo empresario acechan sombras capaces de desvirtuar su misión. Dos de estas desviaciones, sutiles pero destructivas, son la codicia y la avaricia. Con frecuencia las confundimos, pero actúan de formas opuestas: mientras una expone a la empresa con excesiva temeridad, la otra la asfixia ante el temor de asumir cualquier riesgo.

Para gobernar con sabiduría, el líder debe aprender a identificar y gestionar estas dos fuerzas que lo vuelven irresponsable ante su propio legado.

El apetito insaciable de la codicia. Esta es el afán desmedido de poseer siempre más, una sed insaciable de ganancias que nubla la visión de largo plazo. El empresario codicioso no busca la creación de valor sostenible, sino la captura inmediata de riqueza a cualquier costo. Este vicio arrebata la prudencia y la sustituye por una audacia temeraria.

No es lo mismo la ambición con desprendimiento que caracteriza a los empresarios conscientes, que la desmedida búsqueda de beneficios inmediatos en todo lo que hacemos. Bajo el influjo de la codicia, el timonel de la empresa se vuelve irresponsable porque asume riesgos desproporcionados, comprometiendo la estabilidad de la organización y el sustento de cientos o miles de familias.

Se prioriza el rendimiento del próximo trimestre sobre la lealtad de los clientes, la inversión tecnológica o el desarrollo de talento. La codicia transforma la legítima ambición de crecimiento en una urgencia depredadora que desgasta los recursos humanos y desmantela el tejido ético de la institución. Cuando la codicia toma el mando, la empresa deja de ser un proyecto de vida para convertirse en una mesa de apuestas.

El cautiverio del miedo de la avaricia. En el extremo opuesto encontramos la postura avariciosa, que no es el impulso de conquistar, sino el miedo neurótico a perder dinero. Es un inmoderado afán de atesorar y retener, una tacañería existencial que paraliza la organización. Si la codicia es hiperactiva y peligrosa, la avaricia es inmóvil y estéril.

El empresario avaro confunde la prudencia con la parálisis. Se niega a reinvertir las utilidades, bloquea los presupuestos de innovación y mantenimiento, castiga las condiciones laborales de su equipo bajo la premisa de “ahorrar”. Este vicio vuelve al empresario irresponsable, traiciona la esencia misma del capital, cuya cometido es multiplicarse y generar bienestar. Una empresa dirigida por la avaricia se vuelve obsoleta, pierde competitividad y ahoga el entusiasmo de su gente. El avaro acumula recursos en una caja fuerte mientras su negocio se desmorona por falta de visión y generosidad.

El despertar de una Dueñez trascendente. La gran paradoja es que tanto el codicioso como el avaro terminan destruyendo lo que tanto ansían proteger. La codicia quema los barcos en una tormenta de ambición ciega; la avaricia los deja pudrirse en el muelle por temor al mar. Ambas son expresiones de un liderazgo centrado en el ego, que olvida que el rol de dueño conlleva un encargo de custodia y de gestión trascendente.

Superar estos vicios exige cobrar conciencia e inspiración sobre nuestra misión. El remedio contra la codicia es la templanza: Saber fijar límites, respetar los ritmos de maduración del negocio y entender que el éxito financiero debe ser la consecuencia de aportar un valor real a la sociedad. El remedio contra la avaricia es la generosidad estratégica: La valentía de sembrar hoy para cosechar mañana, de compartir el éxito con quienes lo hacen posible y de reinvertir con audacia en el futuro.

Gobernar la empresa con responsabilidad significa transformar el negocio en una obra compartida en la que la codicia se transforma en una visión magnánima y la avaricia en una prudencia fértil.

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