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Aprendí a callarme para que me quisieran

Desde muy chiquita Rocío fue aprendiendo a reprimir todo lo que sentía, no fuera cosa que generara algún conflicto.

Juan Tonelli

Cada vez que Rocío o su hermano tosían delante de su madre, recibían un golpe. La mujer estaba tan desbordada con su vida, sobrepasada por sus propias emociones e incapaz de vivir con algo de serenidad, que cualquier pequeña situación con el potencial de convertirse en un problema la perturbaba profundamente. Como si el golpe evitara una gripe, una fiebre o tener que correr a la guardia médica. Así se evitaban los problemas en esa casa.

Por eso, desde muy chiquita Rocío fue aprendiendo a reprimir todo lo que sentía, no fuera cosa que generara algún conflicto. “En realidad, vivir, lo que se dice vivir, es algo que aprendí a hacer fuera de casa, lejos de mamá -me cuenta hoy-. Ahí sí podía probar, explorar, equivocarme, ser yo misma. Toda nuestra vida real, la mía y la de mi hermano, ocurría a espaldas de mi madre. ¿Si ella lo sabía? Es probable, pero elegía ponerse anteojeras y mirar únicamente lo que no le sumaba problemas”.

Lo irónico en esta historia es que cuando Rocío fue mayor, su madre le reprochaba que no le contara sus cosas. Los profesores de protocolo enseñan que uno nunca debe empezar una conversación hablando del clima, porque después será imposible profundizar. Hacerlo es quedar condenado a la superficialidad. Bueno, durante años, su madre la forzó a hablar del clima, ¿y después pretendía tener algún grado de intimidad?

Pocos años antes de su muerte surgió al pasar el tema de la homosexualidad. Rocío aprovechó la ocasión para explorar qué pasaría si su hermano sincerara que le gustaban los hombres. -Bueno mamá, pero qué harías si tu hijo fuera gay? -Ah no querida, ¡que se aguante!

¿La condición sexual era algo que había que aguantarse para no incomodarla? Tenía casi 80 años y no había aprendido nada. Prefería refugiarse en sus certezas antes que abrirse a realidades que no le gustaran, que no encajaran con sus ideas. Si hay que aguantarse lo que uno es, estamos condenados a hablar del clima de por vida.

No por casualidad el juego favorito de Rocío a los 9 años era ser una madre comprensiva que firmaba el boletín imaginario de su hija -una muñeca- lleno de malas notas. En su casa, sólo podía llevar notas excelentes y su fantasía no era ser mala alumna, sino ser comprendida, aceptada, si alguna vez le iba mal. Por supuesto, siempre fue la abanderada. Su hermano, en cambio, tomó el camino rebelde, pateó el tablero: Mal alumno, impulsivo, tenía problemas de conducta en el colegio, se peleaba, siempre tenía mil amonestaciones. Nunca aceptó las condiciones impuestas en su familia y eso le costó hasta su propia vida, consumido por las adicciones.

La vida de Rocío fue un poco mejor, aunque nunca pudo ser quien realmente era, al menos ante su madre. En el fondo, en esa casa, nadie fue libre. Si bien ella hizo muchas veces lo que sentía, lo hizo en la clandestinidad. A los 17 años mentía diciendo que se iba al campo de una amiga, cuando en realidad se quedaba en el departamento de su novio. De adulta siguió funcionando de ese modo. Su vida real era lo que ocurría lejos de la mirada de mamá. No podía enfrentar la tensión que suponía defender sus decisiones.

Al final, el legado materno no fue una casa ni joyas ni una carta con consejos para la vida. Le dejó algo más pesado y profundo: El hábito de callar. Esa inercia de no molestar, no incomodar, no mostrar los bordes.

Le llevó años entender que no era su obligación cuidar la tranquilidad de su madre a costa de su propia verdad. Desobedecer el mandato del silencio fue su gran triunfo. “Porque si algo aprendí es que vivir sin conflicto no es lo mismo que vivir en paz. La armonía verdadera no nace de fingir, sino de animarnos a ser”, me confesó.

Hoy elige hablar. Aunque se muera de miedo. Aunque le duela. Aunque alguien se incomode. Porque es imposible que seamos leales a otra persona si primero no somos leales con nosotros mismos. Para Rocío, ser libre ya no es sólo haber escapado de la jaula, sino haber dejado de construirla diariamente con sus propias manos.

Juan Tonelli Escritor y conferencista, autor del libro “un paraguas contra un tsunami”

www.youtube.com/juantonelli

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