¿Por qué nunca nada me alcanza?
Un investigador canadiense, Gabor Maté, dice que todas las adicciones son la respuesta a un trauma.

Historias demasiado humanas
¿Tan poco dura el éxito?
Apenas doce horas después de recibir de manos del Presidente la medalla de oro como mejor egresado de la Escuela de Gobierno, la angustia reaparecía.
Años atrás, un aviso en el diario le devolvió el impulso a su vocación política, presente desde la infancia. Su mente calculó de inmediato: Graduarse con honores le abriría las puertas e imaginó al Presidente entregándole la medalla e invitándolo a su equipo. Justo lo que acababa de suceder.
En el medio, había atravesado años de esfuerzo y angustia. Había sido muy difícil ingresar a la escuela. La exigencia del examen era altísima y el cupo para alumnos que no pertenecían a partidos políticos era muy reducido. De 600 aspirantes sólo ingresaban 100, y de esas plazas apenas 20 eran para candidatos independientes como él.
Una vez que superó esos primeros obstáculos, se encontró con una competencia descarnada. Él no era el único que quería salir primero. ¿Sería el deseo de todos? Todo sacerdote quiere ser obispo, todo obispo desea ser cardenal, y todo cardenal anhela ser Papa.
En pocos meses, un grupo de cinco o seis alumnos tomó la delantera; el ganador saldría de ahí. A mitad del curso, agotado, intuía que para triunfar debía sacrificarlo todo -trabajo, pareja, descanso-, pero lo carcomía el temor de quedar segundo: El primero de los perdedores.
Si no iba a ganar, prefería no agotarse; pero sin darlo todo, jamás sabría su verdadero límite y lo perseguiría el remordimiento de no haber dado ese último esfuerzo.
Después de muchas idas y vueltas en su cabeza, llegó a la conclusión de que prefería correr el riesgo. Era mejor exponerse a la frustración de dar todo y terminar segundo antes que entregarse de antemano, no esforzarse tanto y quedar a mitad de camino.
Quizá sabía que si daba todo de sí, podía ganar. Corrió ese riesgo, que era muy grande, y tuvo la suerte de conseguir su objetivo más alto.
Luego de entregarle la medalla de oro en el salón principal de la Casa de Gobierno, el Presidente lo invitó a conversar a solas. Le contó algunas de sus experiencias, le hizo varias preguntas y le ofreció trabajar en su equipo. Misión cumplida.
A continuación del gran evento, invitó a sus familiares y amigos a hacer un brindis y más tarde salió a caminar solo. Aunque intentaba contenerse, su mente ya se había puesto el siguiente objetivo: Ser Presidente.
Se sentía magnánimo, pero la angustia no dejaba de crecer. Era consciente de la enorme dificultad y la bajísima probabilidad de éxito de su empresa. Se sintió abrumado con solo imaginar el camino que tenía por delante. Entonces intentó recordar cómo había nacido aquel deseo, porque no cualquiera anhela ser Presidente. ¿Qué le había pasado en la vida para querer algo semejante?
Un investigador canadiense, Gabor Maté, dice que todas las adicciones son la respuesta a un trauma. Un mecanismo adaptativo para sobrellevar el dolor. Y que cuanto más grande el dolor, más fuerte tiene que ser la compensación, más potente el analgésico.
¿Qué dolor prometía calmarle la droga del poder? ¿El de la irrelevancia y la invisibilidad que había sentido desde que era chico? ¿El de la desvalorización que seguía sintiendo siendo adulto? ¿Es esa inagotable necesidad de reparación el origen de todo anhelo de reconocimiento?
Hoy sabe que no va a ser Presidente. Con los años tuvo la oportunidad de observar de cerca el poder y sus luchas despiadadas por alcanzarlo o conservarlo, y no sin decepción se fue dando cuenta de que eso no era para él.
Nunca hay sosiego en el poder: Cuanto más arriba se llega, más difícil es todo. Y no hace falta leer a Maquiavelo. Basta con haber ido al colegio para recordar que, a lo largo de la historia, la lucha desesperada por el poder hizo que los hijos traicionaran a sus padres, las esposas envenenaran a sus maridos, o los hermanos se asesinaran entre sí.
Él no iba a reparar sus carencias siendo Presidente porque el éxito nunca sana lo que duele. El poder y el reconocimiento no iban a resolver su angustia, apenas podrían ser un alivio provisorio. Incluso agravarían el problema. ¿O acaso algún adicto se curó alguna vez aumentando su dosis de droga?
Juan Tonelli
Escritor y conferencista, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”
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