¿Es confiable un socio que firma un acuerdo con lápiz?
Tiene toda la razón Carney al decir que la firma de Estados Unidos a veces está “escrita a lápiz” sugiriendo que los compromisos del Gobierno de ese país no son permanentes ni confiables.

Juegos de poder
Canadá se retiró de las negociaciones comerciales que sostenía con Estados Unidos. El primer ministro de ese país, Mark Carney, declaró que comenzaba una guerra comercial entre ambas naciones. Esta noticia es muy importante para México, el tercer país del tratado de libre comercio de la región de Norteamérica.
El acuerdo vigente, conocido como T-MEC, se negoció durante el primer periodo presidencial de Trump. Él lo firmó como representante de EE.UU. en 2018. Sin embargo, en cuanto llegó por segunda ocasión a la Casa Blanca en 2025, comenzó a violarlo imponiendo unilateralmente aranceles a Canadá y México.
En este sentido, tiene toda la razón Carney al decir que la firma de Estados Unidos a veces está “escrita a lápiz” sugiriendo que los compromisos del Gobierno de ese país no son permanentes ni confiables. Y es que Trump hace lo que se le pega la gana. Así no se puede negociar ni llegar a un acuerdo.
Washington decidió no extender en automático el T-MEC por 16 años sino mantenerlo vigente por una década, hasta 2036, con revisiones anuales. Tanto el Gobierno canadiense, como el mexicano, comenzaron las negociaciones de su respectiva revisión anual.
Los canadienses las rompieron por las ridículas exigencias estadounidenses de última hora que Ottawa consideró inaceptables.
En un ataque a su soberanía y cultura, Washington demandó modificar el etiquetado bilingüe obligatorio en francés, limitar el contenido en este idioma en plataformas de streaming y reducir subsidios a sectores editoriales y cinematográficos. Esto representaba una ofensa para la región canadiense de Quebec y su cultura francófona.
EE.UU. también exigió restricciones a las autopartes fabricadas en Canadá que habrían perjudicado a su industria restando rentabilidad a la producción local de vehículos, en particular de la poderosa región de Ontario.
Canadá también denunció que el Gobierno de Trump exigió acceso a sus minerales críticos y trató de limitar la autonomía de esa nación para negociar con terceros países. Los estadounidenses exigían que los canadienses impusieran los mismos aranceles que ellos a otras naciones, muchas de las cuales tienen tratados de libre comercio con Canadá.
Carney ordenó levantarse de la mesa de negociación. Por su parte, Trump afirmó que su vecino del Norte buscaba beneficios comerciales desproporcionados.
Y así comenzó la guerra comercial.
Trump impuso un arancel de 50% sobre $20 mil millones de dólares estadounidenses de productos canadienses afectando a un 5% de las exportaciones de ese país hacia EE.UU. Lo justificaron alegando la discriminación de productos estadounidenses, particularmente automóviles, lácteos y bebidas alcohólicas. Usaron la Sección 338 de la Tariff Act de 1930, disposición legal poco utilizada que permite imponer aranceles de hasta 50% contra países que EE.UU. considere que discriminan su comercio.
Canadá contraatacó. Carney anunció una respuesta “dólar por dólar y tasa por tasa”. A partir del 8 de septiembre, Canadá impondrá aranceles de 15%, 25% y 50% sobre unos $20 mil millones de dólares estadounidenses de importaciones americanas. Los productos afectados los escogieron para golpear a ciertos estados de la Unión Americana y generar presión política antes de las elecciones legislativas de noviembre.
Canadá tiene más que perder en esta guerra comercial. Su economía depende mucho más del mercado estadounidense que viceversa. Pero EE.UU. tampoco saldrá indemne: los aranceles elevarán precios y romperán cadenas de suministro norteamericanas, lo cual generará inflación, el tema que más les afecta a los republicanos en las próximas elecciones intermedias.
“Uno está en guerra cuando es atacado, y nosotros fuimos atacados”, dijo Carney con aplomo. Trump, como era de esperarse, enfureció y atacó verbalmente a los canadienses llegando al absurdo de amenazar que cambiaría el nombre del Lago Ontario por Lago América.
Mientras tanto, México se encuentra negociando su respectiva revisión anual.
En la mesa hay tres demandas estadounidenses: Que una mayor proporción de los automóviles sea específicamente de ese país, sacar a China -y en general a terceros países- de las cadenas de suministro norteamericanas y reducir el déficit comercial de EE.UU. con México.
Son tres puntos delicados y muy contenciosos.
Además, no se puede destacar que Trump vaya a tratar de vincular la negociación comercial con otros temas como la migración y seguridad.
Si algo nos enseña el diferendo con Canadá es que, a la hora de la verdad, Estados Unidos meterá la pierna dura. Los canadienses decidieron retirarse de la negociación. A ver qué pasa con los mexicanos.
Leo Zuckermann
X: @leozuckermann
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