Humor dominical
Candidito, joven varón sin ciencia de la vida, casó con Icia, muchacha de la que se decían cosas.

Un tipo iba con su amigo, y vio algo que lo sobresaltó. Le preguntó al compañero: “¿Por qué permites que ese hombre bese a tu novia?”. Respondió el amigo: “¿Y qué quieres que haga? Es su esposa”. El empleado de la zapatería le indico al cliente: “Su medida de pie es del 8 y medio, señor. ¿Por qué usa zapatos del 7 y medio? Se los daré de un número más grande”. “Mire usted, joven -dijo el comprador-. En Estados Unidos mal gobierna Donald Trump. En México tiene el poder la nociva 4T. En el trabajo percibo un sueldo miserable, y el jefe no aprecia lo que hago. Mi esposa me grita a todas horas, y se gasta en pend… todo lo que gano. Uno de mis hijos es alcohólico, y el otro drogadicto. Mi única hija es güila, si sabe usted lo que significa esa palabra. Los amigos que tenía me han vuelto la espalda: Muy pocos amigos tiene el que no tiene qué dar. Mi único placer en la vida, entonces, es llegar a mi casa y quitarme los zapatos. No quiera usted privarme de esa satisfacción”. Candidito, joven varón sin ciencia de la vida, casó con Icia, muchacha de la que se decían cosas. Al parecer dichos decires tenían fundamento, pues a los tres meses del casorio la desposada dio a luz un robusto bebé de 4 kilos. Candidito se desconcertó: “Yo había oído decir que los bebés se tienen a los 9 meses”. Le dijo la mamá de Icia: “Anda, Candidito, no te fijes. Mi hija es inocente. ¿Qué va a saber ella de esas cuentas? Pero si esto te preocupa te prometemos que la próxima vez se tardará ese tiempo”. Otro caso parecido. La recién casada le dijo alegremente a su flamante maridito: “¡Qué potente eres, Querubino! ¡Apenas estamos regresando de la luna de miel y ya tengo 6 meses de embarazo!”. Doña Jodoncia y don Martiriano vieron en la calle a un ebrio que trastabillaba. “Cuando éramos jóvenes me propuso matrimonio -le contó doña Jodoncia a su esposo-, y no quise casarme con él. Desde entonces se la ha pasado bebiendo”. “¡Caramba! -se admiró don Martiriano-. ¿Todo ese tiempo festejando?”. En su cochecito compacto Libidio fue con Dulcibella al Ensalivadero, soledoso lugar alejado de la mancha urbana al que acuden por la noche las parejas en plan húmedo para entregarse ahí al antiguo rito natural. (“Abrazos, besos, caricias y hasta ahí nomás, eso nunca lo verás”). Ardiendo en ignívoma pasión Libidio le propuso a la preciosa chica que se pasaran al asiento trasero del pequeño vehículo. Ella rechazó la salaz proposición. “No soy de esa clase de mujeres” -dijo terminante. “¿De las fáciles?” -se azaró Libidio. “No -precisó Dulcibella-. De las contorsionistas”. Las modas estéticas cambian con el tiempo, ninguna duda cabe. Otrora se decía del varón: “El hombre y el oso, mientras más feo más hermoso”. Y del sexo opuesto (a veces muy opuesto) se decía: “En la mujer la gordura es hermosura”. Cito de memoria: “¡Qué hermosa y fresca la mañanita! / Se mete el aire por la nariz. / Los perros ladran, un niño grita, / y una muchacha gorda y bonita / en una piedra muele maíz”. Sorprendentemente, esos versos sin cisnes, princesas ni perlas de Ormuz son de Rubén Darío. Esto viene a cuento a propósito de aquella chica algo entradita en carnes, pero hermosa, a quien el médico daba fruitivos chupetones en la mesa de exámenes clínicos. “¿Está usted seguro, doctor -le preguntó ella, inquieta-, de que así se hace la liposucción?”. El nieto se dirigió a su abuelo: “¿Qué haces?”. Respondió el señor: “Estoy leyendo este libro de historia antigua”. Objetó el muchacho: “Abue: El libro se llama: ‘Los placeres del sexo’”. “Precisamente, hijo -suspiró el veterano-. Para mí el sexo ya es historia antigua”. FIN.
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