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Las audiencias

La hipnosis ejercida en los menores puede llevarlos a crecer “confundiendo lo bueno con lo útil” con el riesgo de “olvidar el bien común distraídos en el bien-estar”.

Jesús Canale
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“Audiencia” tiene varios significados; aquí nos referiremos a este: “Grupo de personas que ve o escucha un programa de radio, televisión, cine o lee un medio”, en lógica atención al tema que hoy atraviesa los aires del País sobre los lineamientos generales para la protección de los derechos de las audiencias.

Para abrir muestro los dos primeros párrafos del artículo seis de nuestra Constitución: “La manifestación de las ideas no será objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa, sino en el caso de que ataque a la moral, la vida privada o los derechos de terceros, provoque algún delito o perturbe el orden público; el derecho de réplica será ejercido en los términos dispuestos por la ley” y “El derecho a la información será garantizado por el Estado. Toda persona tiene derecho al libre acceso a información plural y oportuna, así como a buscar, recibir y difundir información e ideas de toda índole por cualquier medio de expresión”.

Como sustento ético del artículo seis están los principios de la información y de la comunicación tal como los merece toda audiencia, y concretamente el derecho de toda persona de tener acceso a la información de forma justa comenzando por tener claridad de cómo se obtienen los datos sobre los hechos publicados, por otro lado proteger los datos personales del uso no autorizado de estos por parte de organizaciones, empresas o gobiernos, y sin dejar de insistir en el combate a la divulgación de noticias falsas y la desinformación.

Si se desea actualizar lo concerniente a la infoética, tanto en su modalidad de ética de la información -es decir, de la comunicación de los hechos- como la de ética de la informática -esto es, la que corresponde a la tecnología aplicada a la información- es indispensable incluir lo relativo a la inteligencia artificial y al aprendizaje automático toda vez que los agentes artificiales no pueden ser por sí mismos agentes morales y por ello no pueden ser culpables ni responsables de las consecuencias de la información que generan pues ésta es el resultado de una secuencia de operaciones o algoritmos que se suceden de forma impersonal o “mecánica” ya sea que se trate de textos, imágenes o sonidos, incluso voces.

En este punto debe de considerarse con gran preocupación el creciente fenómeno de que el trabajo informativo, que cada día requiere de mayor conocimiento especializado y complejo, se aleja progresivamente del alcance de quienes no tienen la oportunidad de conocerlo originándose así la llamada brecha digital que deja en el analfabetismo posmoderno a los más vulnerables, ya sean individuos o comunidades y hasta pueblos enteros.

La hipnosis ejercida en los menores puede llevarlos a crecer “confundiendo lo bueno con lo útil” con el riesgo de “olvidar el bien común distraídos en el bien-estar”.

Como se ve, las exigencias éticas del trabajo informativo si bien comienzan por la veracidad, la oportunidad, la idoneidad y la precisión de lo que se comunica a las audiencias, van, de hecho, mucho más allá.

Qué duda cabe. Si se sugiere desde la iniciativa oficial que cada organización informadora elabore su propio código de ética debe cuidarse mucho el riesgo de “licuar” (hacer líquida o gasificar) la ética que orientará a cada medio de comunicación por lo que debe lograrse que prevalezcan los principios éticos fundamentales de la información: Veracidad, comprobando los datos antes de divulgarlos, separar los hechos reales de las opiniones y de la publicidad; responsabilidad, calculando y asumiendo el impacto de los mensajes sobre la audiencia; respetar la privacidad de las personas y evitarles un daño injusto o innecesario; actuar con justicia dando espacio equitativamente a las opiniones distintas:

En estas palabras van los “10 mandamientos” indispensables en los códigos de ética de la información y de la comunicación.

En el centro de gravedad de este asunto está la dignidad de cada persona, tanto de la que forma parte de las audiencias como de la que se habla o se escribe. Y la persona -cada persona- no es nunca poca cosa.

jesus.canale@gmail.com

Médico cardiólogo por la UNAM.

Maestría en Bioética.

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