Violar la ley cuesta dinero
El ámbito de inseguridad reinante ha ahuyentado a numerosos inversionistas extranjeros.

De política y cosas peores
El lunes es el segundo día de la semana, no el primero como algunos creen. Ese honor corresponde al domingo, día del Señor, llamado en inglés Sunday, extraña reminiscencia de los tiempos en que los hombres pensaban que el Sol era dios. En este día las iglesias de los distintos credos llevan a cabo sus rituales. (El único en que todas coinciden es el pase de la charola). Por tanto, el domingo es un día respetable, a diferencia de los jueves -“juebebes”-, viernes y sábados, que son días de noches desmadrables. Un cierto farmacéutico norteamericano inventó una sabrosa combinación de helados a la que llamó Sunday. Los ministros religiosos consideraron que usar el nombre del día del Señor para bautizar con él una cosa profana era sacrilegio, y le exigieron al creador del platillo que le cambiara el nombre. Por eso ahora se llama sundae. Cada vez que lo disfrutaba yo en un Dairy Queen de McAllen, Texas, pensaba en los absurdos extremos a que lleva la extremada religiosidad. Pero advierto que estoy divagando. A lo que voy es a decir que hoy expondré una teoría de mi creación. Reconozco -no soy dado a regatear méritos ajenos- que mi teoría está muy lejos de tener la importancia, por ejemplo, de la teoría de la relatividad de Einstein, sabio científico que en Princeton usaba un suéter roto de los codos -“Aquí todos me conocen”-, y cuando viajaba a otra ciudad también lo llevaba consigo: “Ahí nadie me conoce”. Aun así mi teoría tiene cierta relevancia, sobre todo si se aplica a nuestro País. La enuncio en la siguiente forma: “Violar la ley cuesta dinero”. Ilustro esa tesis con una evocación, curiosa forme de ilustrarla. Por los años sesenta del pasado siglo llegaba cada año a mi ciudad una caravana de nombre Wally Byam, formada por un centenar de casas rodantes en las que viajaban parejas de norteamericanos de mediana edad. Hacían en Saltillo una escala de tres o cuatro días, durante los cuales el director de Turismo del Estado, hombre amable, simpático y afable, Eugenio “Queno” Quintanilla, les ofrecía espectáculos folclóricos, visitas guidadas por la ciudad y tours por los alrededores. Los visitantes dejaban una muy buena derrama económica en hoteles, restaurantes y bares, tiendas de mexican curios, comercios de alimentos y gastos en general. Pues bien. Sucedía que durante el año los conductores locales no respetaban los límites de velocidad impuestos por la autoridad, que se vio entonces obligada a poner en las calles los llamados “topes” a fin de obligarlos a conducir despacio, sobre todo en la cercanía de las escuelas. La siguiente vez que llegó la caravana los norteamericanos se encontraron con serios problemas para manejar sus vehículos, pues por su baja altura las casas rodantes pegaban con los mentados topes. Abrevio el relato. A causa de esa dificultad los visitantes dejaron de venir, con la consiguiente pérdida económica para muchos. Así, la violación del reglamento municipal por parte de conductores irresponsables tuvo un alto costo para la ciudad. Cosa parecida, pero en escala muchísimo mayor, sucede en el País. El ámbito de inseguridad reinante ha ahuyentado a numerosos inversionistas extranjeros. No hay nada más temeroso que el dinero, y muchos no se arriesgan a traerlo acá por temor tanto a la criminalidad como a los caprichos de un régimen cuyas actuaciones se siguen fincando en el principio de “Y no me vengan con el cuento de que la ley es la ley”, lo cual da origen a una falta de certeza jurídica que a su vez trae consigo ausencia y fuga de inversiones. De ahí mi teoría: “Violar la ley cuesta dinero”. Y más no digo. El lunes ni las gallinas ponen. FIN.
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